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CAPITÁN (EPISODIO BE 1835) I! los le tenían por una fiera, y la verdad es que él hacía cuanto I 11 a de su parte para no desmentir la fama de que gozaba en r I ID 1) 1 regimiento de Granaderos de la Corona, que era en el que 1 I 1 i como capitán de la 4. del 1. había más que ver lo avinagrado de su gesto, que hadan toiI. iM. i, más montaraz y adusto el entrecejo siempre fruncido y las 111 I las púas de un bigote lacio cuyas guías iban á perderse en el iii1ii. cado matorral de su áspera y espesa perilla, para comprender que preferible era que todo el grueso de la facción le cayera á uno encima, á no que nos cogiera en la más leve falta. Y para él todo eran imperdonables infracciones de la ordenanza. Que después de un día de lluvia y de lodos no pudiera verse cualquiera la cara lo mismo en el charolado correaje de las fornituras que en los innumerables botoneillos dorados de nuestras casacas, era no ya delito, sino verdadero crimen que, según él, acusaba la más espantosa tendencia á la indisciplina y la desmoralización. Verdad es que él daba el ejemplo. ¡Pocos puntapiés me costaba el no acertar á borrar por completo los naturales desconchados producidos por los temporales en la imperial de su chacó, ó el no dar con el específico que ocultara la trama de seda que solía asomar por entre el canutillo de los flecos dorados de sus charreteras! Porque bien es que se sepa que yo, por desempeñar las no fáciles funciones de su asistente, era el que más de cerca sufría sus malos humores y era frecuente blanco de sus nada suaves amonestaciones. Y á pesar de ello, le quería y le hacía más justicia que mis compañeros. Su valor y su sangre fría cuando se trataba de resistir el ímpetu de las tropas del Pretendiente, que por aquellos días andaban envalentonadas como nunca, me cautivaban; su previsión para que la 4. tuviera siempre en las acciones el puesto de más peligro y en los descansos toda la holgura compatible con las penalidades que el ejército liberal padecía, despertaban en mí una admiración que casi se podría tomar por orgullo; y sobre todo, ¿por qué no he de decirlo, si por desgracia no puede oirme ya? Yo no creía del todo en su fiereza y desabrimiento desde que le había visto cien veces después de una escaramuza recorrer los hospitales buscando uno á uno á, sus muchachos para dirigirles un brusco consuelo si el balazo era de los de cuidado, ó para soltarles un terno por su flojedad si lo que les tenía postrados era ligero rasguño 6 leve contusión. Quien le hubiera visto una noche mascullando romero y dándose al diablo por no encontrar un poco de vino blanco para confeccionar una especie de bálsamo de Fierabrás á que era muy aficionado, con objeto de aplicármelo por su propia mano á unas desolladuras con que un lancero del 2. de Tafalla me había obsequiado aquella tarde, nadie hubiera dicho que era el mismo que por un quítame allá esas pajas me hacia cardenales y chichones para los cuales no había parches ni emplastos que valieran. Eso sí, de esto no había qu (i hablarle. ¡En poquito tenía él su fama de desabrido y malas pulgas, para que se propalaran sus blaaduras! El disgusto más grande que podía dársele era decirle al oído: -A. nd 6 usted, mi capitán, ue no falta quien sepa que esa cara de vinagre oculta un corazón más blando que unas mantequillas, cuando no se trata de mantener la disciplina en el ejército leal ó de hacer entrar en costura á los tercos defensores del titulado Carlos V. Para esto último si que era de verdad la fiera que él se creía para las demás cosas. Como prueba de ello, me contentaré con citar un hecho de armas de los muchos de que, á pesar de lo que ha llovido lesde entonces, me acuerdo como si hubieran sucedido ayer.