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Y no tuvimos por qué arrepentimos de nuestra confianza. Aprovecliando las illtimas horas de la noche, vadeamos el riachuelo con relativa comodidad; y cuando los facciosos lo esperaban menos, al rayar el día, caímos inopinadamente sohre ellos, sin que esto quiera decir que tal cosa les hiciera huir espantados. Por el contrario, su resistencia fué tan tenaz y obstinada, que cada calle, cada casa nos costó un asedio en regla y una lucha en toda forma. Parecía increíble que tan poco espacio contuviera tantos combatientes, y sobre todo, que aldeanos y campesinos apenas fogueados y faltos todavía del conocimiento exacto de los deberes de la disciplina, resistieran con aquel denuedo nuestras balas y nuestras bayonetas. ¡Lástima que tan bravos mozos defendieran una mala causa, y la hicieran todavía más odiosa con las crueldades y actos de vandalismo á que su fanatismo les impulsaba! Nuestro capitán se multiplicaba en todas partes. Comprendiendo que allí, mejor que mandar, era preciso ser uno más á combatir, se confundió con el último de los soldados, y ál grito de ¡nada de cuartel! entraba el primero en las casas, de cuyas ventanas nos hacían un fuego incesante, y cuyas escaleras se subía librando una batalla en cada peldaño. Tantas horas nos costó hacernos daeños de aquel miserable lugarejo, qne ya el sol tocaba al ocaso cuando se oyeron los primeros toques de alto el faego Empeñarnos en la persecución de los que habían logrado escapar de aquella carnicería, era inútil. El cerro que servía de respaldo al jiueblo, perfectamente conocido de los fugitivos, les ofrecía asilo casi inaccesible. Rn lo que pensamos sólo, fué en ver los que habíamos sobrevivido. Uno de los que faltaban era mi capitán. Por ninguna parto, ni muerto ni vivo, parecía, y excuso decir que nadie con más ansia revolvía todos los rincones en busca de aquellafiera- por la que sin embargo sentía yo filiales ternuras. Cuando ya desesperaba de dar con él, no sé por qué me ocurrió penetrar en una casucha miserable y casi por entero derruida á balazos, que se hallaba situada á la salida del lugar. En la escalera tropecé con dos muertos, pero ninguno ora él. En lo alto, en una habitación que lo mismo podía pasar por desmantelado granero que por vivienda recién saqueada, se veía un cuadro extraño. Una mujer con el cráneo deshecho á culatazos yacía en el suelo, rodeada de un charco de sangre. A su lado, mi capitán, el ogro que nos hacía temblar cada vez que abría los labios, el héroe de aqnella- jornada memorable, salpi- cado de sangre y ennegrecido por la pólvora, arrullaba torpemente, pero con delicadeza femenil, al niño que momentos antes debía estar colgado del escuálido y aún desnudo seno de la muerta, que no era otra que la que la tarde antes nos había indicado el paso del río. Verme mi capitán y lanzar un torno, todo ftté uno. Pero aún la cosa hubiera quedado asi si unos oficiales subalternos, á quienes guiaba el mismo interés que á mi, no hubieran penetrado también en la estancia, sin poder contener la sonrisa que la extraña ocupación de su jefe les producía. ¡Estrella á ese muñeco! exolatnó éste, queriendo volver á su papel de siempre y poniendo bruscamente en mis brazos el chiquillo. Pero como si le asaltara ol temor de ser obeleoido, se apresuró á añadir: ¡No, no! Búscale un ama. Yo le adopto. Y al acercar aquel bigote lacio, cuyas paas iban á perderse en el erizado matorral de su perilla, al cutis terso y sonrosado de la criatura, tolos vimos deslizarse por su tostada piel un lagrimón gordo como una avellana, que ya no se curaba de ocultar. DIBUJOS DE E S T E V A N AsGBL R. C H A V E S