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¡Qué diferencia entre el sol de Anstcrlitz, y aun entro el sol de J e n a y este sol andaluz! Y el teniente replicó: ¡Bárbaro sol! Charlemagne miró al teniente, como protestando en secreto. Llegábamos á las inmediaciones de Bailen. U n a lluvia do fuego nos detenia. P o r fin avanzanaos; frente á la ermita de San Cristóbal luché valerosamente, como mis compañeros. Después caí, atravesado de p a r t e á p a r t e u n muslo, y á poco vi venir á los picadores, que cargaban sobre nuestros coraceros. ¡Insensatos! ¡Contra el hierro y el granito! S- El general se habia propuesto a c a t a r con Andalucía en pocas horas, si fuese posible. Lo mismo que habría pensado Chart ma ¡ine, que era t a n fogoso como D u p o n t y t a n guerrero. JLlegó el m o m e n t o Los españoles nos a g u a r d a b a n Nosotros creímos que se t r a t a b a do u n a juerga, porque no se oía en aquel campamento más que música do g u i t a r r a s y ruido de castañuelas y cante del país, ni se veía sino maj os y toreadores á pie ó á caballo; los de á caballo con garrochas. ¡Qué desengaño! L a confianza do M. Dupont y Compañía nos perdió. Aquellos majos con escopetas, aquellos soldados con espingardas, nos asaban. Pero el hierro y el g r a n i t o sucumbieron. La t u r b a de lanceadores llegó hasta nosotros. Yo me hice el m u e r t o Y uno, deteniendo á otro que iba á ponerme u n a vara, le dijo: -Déjale; ese no necesita jtíiíM a. ¡Ofensa horrible á u n valiente de J e n a y Austeriitz! ¡Qué noche t a n horrible! ¡qué obscuridad! ¡qué lamentos! Yo me arrastraba, huyendo do los cadáveres que t e n i a á m i lado. Tropecé con u n cuerpo quo n o parecía de persona mayor. ¿Sudaba ó sangraba? ¡Oh! E r a él, Charlemagne, m u e r t o á dos pasos de mí.