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EL GRANADERO Madrid había lanzado, y repercutido en la península, el grito salvaje de independencia. Y a h a b r á n observado ustedes que el grito de independencia es siempre salvaje en labios de orador ó pluma de escritor cúrsiles. Declarada la g u e r r a al E m p e r a d o r por el alealdf de Móstoles al siguiente día de la hecatombe horrible del Dos de Mayo, empezó la lucha. (Todo este relato es de u n g r a n a d e r o francés del ejército de M. Dupont, general t a m b i é n francés de nacimiento y por principios. X- Ü J S S Í foi maba parte del ejército destinado á conquistar y MT repoblar Andalucía, á las órdenes del valeroso general -NT- W 5 I M Ir v K f t Mr lí KtiA. E r a e l m e s d o J u l i o de. l808. Las llanuras de la Mancha, ó séase manohegas, como las seguidillas que c a n t a n y bailan aqueLos naturales, h u m e a b a n como si a r d i e r a n las e n t r a ñ a s de la tierra. E l s o l pesaba en el cráneo como u n a maza de hierro. Mi regimiento marchaba á la desbandada, confiando en el número y sin pensar en que el enemigo se ocupara en nuestras operaciones. Ni u n árbol, n i u n m o n t e El dorado suelo y el sol abrasador, y l l a n u r a por todos ladop, era el horizonte perfectamente circular que nos envolvía. El regimiento c o n t i n u a b a su marcha, j a d e a n t e El mismo coronel, que era un hombre gigantesco, hercúleo, duro como el bronce y el mármol, se limpiaba el sudor de la frente con la m a n g a derecha de su casaca. A nuestros pies caían los pajarillos asfixiados por el calor. ¡Bárbaro clima! repetía- soplando u n teniente, que e r a h o m b r e de muchos kilos, y cuando m a r c h a b a sin poderlo remediar, se rozaba los p e m i l e s Un bravo, aunque cargado de carne. Si h u b i e r a sido po ilble aligerarle, habría quedado un héroe de esos que hacen época de esos que señalan un siglo. Alejandro, César, ííapoleón Mi t e n i e n t e era u n bretón, y como tal, u n t a n t o supersticioso. ¡Bárbaro país! repetía; ¡bárbaro! -A la orden, mi teniente, respondía yo. El perro nos a c o m p a ñ a b a sacando la lengua, como p a r a burlarse del coronel. P o r q u e yo siempre usaba perro en campaña, como h a b r á n visto ustedes que usan casi todos los granaderos de novelas ó de artículos litorario- militares de infantería ó de caballería escritos por paisanos inconscientes. ¡Pobre üliarlemacjne! E r a u n a notabilidad como perro de raza. Le conocían, le t r a t a b a n y le obsequiaban desde el coronel hasta el último ranchero, y él correspondía con halagos á las pruebas de simpatía que las personas le daban. -Nicolás, me decía el teniente, hasta el perro protesta c o n t r a el país. ¡Ah bárbaro país! -Es verdad, mi teniente. ¿Tienes sed, Oharlemagíie? Y el animal, en oyendo esta pregunta, ladró dos ó tres veces, como respondiendo: -Sí, señor; esto es abusar de la naturaleza. P o r íin llegamos á Despeñaperros. Ckarlemaq- ne detuvo su m a r c h a Poseía u n instinto, cuando menos, privilegiado. ¡Despeñaperros! pensó. Seamos prudentes y cautos. Este paso podrá ser honroso p a r a mi, pero es mortal ó mortífero. ¡Allons, mon nmi! grité, viendo al animal detenerse en el camino. Charhmagne m u r m u r a b a como objetando: ¿Qaieres matarme? ¡Ingrato! ¿Ya no recuerdas cómo te salvé en 18 de Brumario, ni cuando expuse mi vida por la t u y a en la calle de Leganitos? ¿Te acuerdas de aquel manólo que salió del portal de u n a casa y abrió u n a navaja de á v a r a y con veinticinco muelles? ¡Qué ruido t a n terrible! A ti y á mi se nos pusieron los pelos de p u n t a -Es verdad, afirmé. -Sino le detengo mordiéndole en u n a asquerosa pantorrilla, te pincha en ma a p a r t e Y diciendo esto, ó ladrando esto, CJiarlemagne se enternecía. ¿Dudas de mi? le p r e g a n t e Soy u n veterano honrado y uno de nuestros primeros granaderos, aunque yo no debiera decirlo. ¡Pobres animales! ¿Quién había de decirnos á él y á mí que t a n pronto Pero n o precipitemos los acontecimientos. Pasamos Despeñaperros. Mi compañero fiel n u n c a se a p a r t a b a de mí. El teniente, cada vez más desesperado, volvía á decir: ¡Bárbara comarca! ¡bárbara sierra! H a b í a m o s entrado en Andalucía sin advertirlo n i en el acento. Hermoso cielo, hermoso clima, vida, alegría, calor, feraces campos y mujeres feroces para nosotros los extranjeros.