Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
el mistico on el seno do Dios, como el budliista en el Nirvana. Veíase á muchas madres despedir alegremente á sus hijos, y esposas á sus maridos, y al perderlos do vista volvían al triste hogar aullando de dolor. En aquellos hogares se destacaron á miles Hécubas y Andrómacas. II Paulina estaba en el porfcaL de su casa; Juan no venia. ¡Caánto tarda! pensó. Le esperaba para despedirse de él. ¿Se iría sin verla? Al fin Juan apareció y llegó al lado de Paulina, quedando mudo ó inmóvil. -Ya ves, tengo que marcharme, dijo mirando al suelo. -Es natural, hombre, contestó ella; hay que cumplir con el deber. A ver si vuelves de capitin, y entonces me llamarían la señora capitana. Y Paulina sonreía con esfuerzo de que sólo es capaz una mujer para amenizar una situación cruenta, y así continuó con coquetería sublime: -A no ser que encuentres otra que to haga olvidarme Un rugido de fidelidad leonesea se escapó del pecho de Juan, que, menos dueño de sí, no podía impedir que rebosaran de su corazón ternuras infinitas. Ella reía, reía, y en su risa so escapaban todas las energías de su ser. -Vaya, adiós, dijo Juan bruscamente y volviéndose casi de espaldas. Paulina apretó entre las suyas la mancfaérte de su amante, y tirando de ella con ímpetu, le atrajo al fondo del portal. Uniéronse en estrecho abrazo, casto y leal, que era como una oonfasión de almas en la diafanidad purísima del amor. Juan partió, besando con trasporte una medalla de la Soledad que Paulina arraneó de su seno en la despedida. La imagen grabada on el metal caliente como la noble sangro de la doncella, era ya para el soldado el talismán precioso de sus futuros destinos. Todos so fueron alegres al parecer y sin volver la vista atrás. Todo estaba ya en el porvenir: ya sólo veían á ella, indignada y llorosa, España, cubriéndose con la bandera que torpes manos querían desgarrar. Sobre una pequeña loma que se levantaba á un lado del camino hallábase una mujer, casi una niña, si- guiendo con la mirada á los reclutas que iban alejándose: era Paulina. Cuando los perdió de vista, abandonó su triste atalaya y se encaminó al pueblo. Andaba rígida, con paso automático, y la mirada lija en el suelo, inundada de luz, destacándose en el espléndido panorama, realzado por el brillante sol de una tarde de Junio. Al bajar la cuesta pasó junto al cura del pueblo, pero ni siquiera le vio. El buen vicario, de edad más que mediana, asustóse al ver el ensimismamiento de su hermosa feligrés. La llamó, y al oír su nombro Paulina, se paró bruscamente. El sacerdote, cogiéndola las manos, la dijo con persuasiva energía: -Hay que tener más valor, hija mía; ha llegado para todos la hora del sacrificio. Tú quieres á un hombre, pero tienes una rival más poderosa que tú, y es la Patria. Tú también le das tu ofrenda. ¡Dichosa tú mil veces! Paulina despertaba, y á la voz entusiasta del cura volvía á la realidad. Aquellas palabras iban vertiendo en el corazón de la niña lo que se respiraba en el aire de la España de 1308. Sollozos ahogados y profundos, los más hondos de su vida, la conmovieron con recios sacudimientos. Brotó el llanto vivo y noble, llevándose la escoria del dolor amargo y dejando en su lugar la deliciosa demencia del entusiasmo heroico. -Tiene usted razón, dijo; tengo una rival ante la que yo nada soy. ¡Dichosos los que mueran defendiéndola! ¿Cuándo iremos nosotras? Ño pudo más, y cayó rendida á los pies del sacerdote gritando como una loca: ¡Viva España! M. F E R R E R Y L A L A N A DIBUJOS DE A L B B R T I