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LAS DOS RIVALES Paulina era hermosa. Para conocerla, acordaos de la mujer á quien consagrasteis vuestro primer amor, pensad en esa belleza sugestiva, obra de la realidad y de vuestra ilusión, vaciada en el molde semidivino de una mujer. Tenía diecisiete años y ya estaba prometida á Juan, un muchacho alegre, laborioso y algo galanteador con las hembras que, á, la verdad, no ponían mala cara al chico, pues era lo que se llama un buen mozo. Cuando por la plaza del pueblo pasaba en un día de fiesta limpio y acicalado echando piropos á unas y á otras, cualquiera podría temer por la fidelidad del novio. Pero Paulina le observaba con cierto íntimo regocijo; tenía la costumbre de ser amada y la fe tranquila en el corazón. Cuando él la veía, su verbosidad de te. norio cesaba. El chico estaba verdaderamente enamorado, y IÜ f ¡ii; i ñ i i 1 querido le anulaba hasta el punto de convertirle en esclav I Paulina. Alguna vez, y cuidado que ella no era celosa si s i 1 l.l U 1 II. U 1 habla extralimitado, le lanzaba una mirada de indiferencia qui 1 1. i j ri 1 1! proche, porque en los ojos de su novia estaba él acostumbrado i i 1- 1 M 1. a l oías sin fin. Seguro que ninguno de los dos sabia cuándo había nacido a ¡i 1 11 1 1- 1 1 juntos, juntos elevaron oraciones á Dios, juntos treparon so bre la mies de la era, corrieron por los prados de amapolas, j juntos vieron con alegres carcajadas en el limpio espejo de ur remanso sus lindas caritas manchadas de mosto en los diaí de la vendimia. Un día ¡quién sabe qué día fué! se despidieror hasta el siguiente: se miraron, el beso inocente que iba á salii de sus labios se detuvo, y una revelación súbita que abrasaba colocó á los dos adolescentes uno frente á otro y no se conocieron. Con profunda tristeza se estrecharon las manos en vez de unir sus labios. Los labios de Paulina ya no eran aquéllos de los que el travieso chicuelo arrancaba el pedaoillo de manzana entre risas, llantos y rabietas. El hombre y la mujer abandonaban el paraíso y entraban en el escenario donde se desarrolla la comedia humana. Pero veían decoraciones de cielos azules y risueñas lontananzas, tenían una más enérgica visión de la vida, y en sus frentes una aureola: la juventud. ffe ¡Qué hermoso porvenir les aguardaba! Esperaban el día de las nupcias, del cual se hablaba ya, y en tanto, el idilio se desarrollaba tierno, íntimo, ante el espectáculo de la naturaleza inmensa y amorosa. Pero la alegre paz de la comarca cesó. En el suelo español, como dijo el poeta, pasos extraños se oyeron, y el bélico son de las trompetas, llamando con voz imperativa, reunía á todos los españoles. Habla llegado el año 1808. España acudió al trono para combatir á su sombra, y lo halló vacío; entonces la palabra ¡Palria! resonó como un trueno. Prente al ejército invasor aguerrido é invencible se improvisó otro bisoñe, pero que llevaba el verbo del heroísmo. Iba á entablarse la lucha entre el genio de un hombre y el de un pueblo. Paulina vio todo esto con terror, y con su penetración femenil adivinó la existencia de una rival formidable en la que no había pensado jamás. En aquel ignorado rincón donde había nacido se sintió de la noche á la mañana inusitada agitación. Alii, sin el estrépito marcial de las grandes masas de tropas, se preparaba un puñado de leones para una lucha inmortal. A la plaza del pueblo acudían por distintos senderos los hombres con la decisión inquebrantable pintada en los rostros. Muchos de ellos fueron antes irreconciliables enemigos, y ahora, al verse con el zurrón á la espalda y empuñando un arma, se abrazaban como hermanos. Los hombres desaparecían, trocándose en las víctimas enamoradas del sacrificio. Todos los afectos morían en aquella hora subli- ne do la patria; todos querían aniquilarse en ella como