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tenían á su cuidado, se les imputó haber dado muerte alevosa á algunos enfermos franceses, se les trató con el mismo rigor, y pocos llegaron con vida hasta las tapias de Jesús, donde al cabo fueron rematados. Sin embargo, la ejecución de los depósitos no comenzó hasta después de las tres de la tarde. El primero que sufrió la cruel sentencia del tribunal militar, constituido según la orden de Murat, y cuya constitución s ignoraba hasta por nuestras autoridades, fué el de la covachuela de San Felipe el Eeal. Acababa de ser preso en la Plaza Mayor Antonio Benito Siaza y Alonso por seis soldados franceses. Manuel Balseyro, que presenció la detención, quiso conocer lleno de angustiosa ansiedad las vicisitudes de aquel desgraciado, de quien era amigo, y siguióle. Dando un gran rodeo, lleváronle á la covachuela donde estaba el cordón de detenidos; mas al pasar por la calle de Santiago, donde recogieron otro preso, Bernardino G- ómez, encontraron una ronda de guardias de Corps, que porfiadamente trabajó por libertarles. No habiéndolo conseguido con sus ruegos los piadosos guardias, continuó la comitiva lúgubre su camino hasta incorporar con los otros detenidos. Inmediatamente salieron todos por la Puerta del Sol, dirigiéndose al Buen Suceso, en cuyo atrio á compás los metieron; y estando por fuera Balseyro esperando el resultado con LA DEFENSA DEL PAEQUE. -CUADEO DE CASTELLANOS el corazón oprimido por el ahogo de la ansiedad, oyó unas descargas de fusilería, retirándose horrorizado de aquel fúnebre lugar. El aspecto que Madrid presentaba á aquellas horas, así lo describe Molina Soriano en la última de sus tres cartas inéditas de 1816 dirigidas al Eey: Yo no vi, dice, matar al valiente Daoiz porque con otros muchos me salí (del Parque) á vista de tanta infamia, llevando aún en la mano el sable de que iba armado para vender cara mi vida, y que no solté hasta las tres de la tarde. Escapé del riesgo terrible como Dios me dio á entender, pues los franceses tenían tomadas las puertas y todas las avenidas del Parque. Eecorri algunas calles, y vi publicar la paz; mas á cosa de las tres de la tarde me avisó Miguel Orejas, hijo de Erutos el peluquero, que á cuantos paisanos hallaban con armas prendíanlos y los llevaban al cuartel de los Polacos para quitarles la vida. Con tal noticia, retirándome para mi casa, encontré cogidas por tropas francesas las bocacalles en la plazuela de las Capuchinas, y no teniendo otro recurso me entré en la calle de la Cuadra, donde vivía y vive la lavandera llamada Pepa Lozano, y en un pozo arrojé mi sable. ¡Sólo á Dios y á mi fortuna debo la vida en aquel día memorable, pues armado paseé muchas calles, animando á los valientes, sin que me ocurrieran las desgracias que á tantos oí lamentar! Me fui por la subida de los Angeles para entrar en la Plaza de Santo Domingo, y me topé con los Baygorrianos, por entre quienes pasé como á las tres y cuarto de la tarde. Nada me dijeron. Al entrar por la calle de la Inquisición había formada una compañía de la guardia de Murat. Tampoco me hablaron palabra, quedándome maravillado de haber pasado por mi tantos trances con tanta fortuna. En este estado pasé á mi casa, donde hallé á mi mujer hecha un mar de lágrimas por mí suerte. Le pedí un caldo, y volviéndome á la calle, no sin tener que desoír los ruegos que llorando me hacía, bajé por los Caños del Peral, subí hacia San Gil y alli me senté en un portal, y con dolor de mi