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REVISTAMLUSTRADAT ANO V MADRID, i DE MAYO DE 1895 NÚM. 209 RECUERDOS DEL DOS DE MAYO DE 1808 DESPUÉS DE LA PROCLAMACIÓN DE LA PAZ Aunque esta orden del dia no tuvo publicidad, ni se le dio hasta dos días después, es decir, el 4, la Junta y el Consejo temieron que los franceses, al redactarla, trataban de ponerla en ejecución inmediatamente y aun sin ser conocida de la población, en cuyo caso era borriblemente desesperada la suerte de muchos infelices de quienes se había beobo depósito provisional en diversos puntos y zonas de la capital. Eran los principales los cu arteles del Conde Duque y de San Gil, la acera de las covachuelas junto á las gradas de San Felipe, y el Vivac, junto á la Puerta del Sol; la Puerta de Atocha hasta el enrejado del Botánico, y los dos extremos del Prado, cerca de las fuentes de Cibeles y de Neptuno; el cuartel de la Puerta de Santa Bárbara, el de los Polacos, y los patios del mismo palacio que servía de aloj amiento al prin S S Í S Í M I S ¡imwvíi rir r L b e k 7 U i fLti JN 4 cipe Murat. No sólo se dio ingreso en estos depósitos á los que durante la pelea ó por consecuencia de la lucha habían sido aprehendidos con las armas en la mano, sino los que, después de proclamada la paz, eran registrados en las calles por las rondas, patrullas, retenes y puestos de guardias, que se distribuyeron por toda la villa y que recorrían sin cesar todas las calles. Detenían á los transeúntes, cualquiera que fuese su edad, rango ó condición, y el hallazgo en sus ropas de cualquier instrumento de punzar ó cortar, por inofensivo que fuese, condenaba inexorablemente á los que los poseían á ser conducidos agavillados y entre ultrajes á alguno de estos depósitos de la muerte. A Ángel Eibacoba, cirujano y practicante del profesor D. Inocencio Bedoya, se le cogió su estuche de cirugía; á Baltasar Ruiz y á Claudio de la Morena, arrieros, por llevar apuntadas en las monteras las agujas de enjalmar; á Bernardiuo Gómez, cerrajero, por hallarle una lima en los bolsillos; por un cortaplumas, á D. Felipe Llórente de Cárdenas, caballero mozo recién llegado de Córdoba para las fiestas de la proclamación del rey D. Fernando VII; otro cortaplumas hizo perder la vida á Domingo Méndez Valvedor, sirviente del convento de la Merced; una chaveta de cortar suela, á José Peña, zapatero; y por una espuerta con obra menuda del taller, á Francisco Sánchez Eodríguez, aprendiz del maestro de coches Alpedrete. Mas no sólo se atropello á los que se registraba en las calles y plazas, puertas y caminos inmediatos, sino que á muchos se les buscó y se les arrancó del sagrado de sus casas. Muchos de éstos, acusados de haber muerto franceses, eran arcabuceados inmediatamente y en cualquier paraje donde se les hallaba: á Eamón Pérez Villaamil, sirviente del duque de Híjar, se le fusiló en el zaguán mismo del palacio en que servía; á Facundo Rodríguez Sáez, en la puerta de su propio taller de guarnicionero en la calle de Alcalá; á Manuel Peláez, empleado de la Real Casa, en la puerta exterior del Buen Suceso; á Andrés Martínez, que venía de Vallecas con una carga de vino, en la alcantarilla de Atocha, y aqui también á Busebio José Martínez Picazo, cuya recua le robaron. Con los empleados del Hospital General, que por haber querido impedir que los franceses despojasen de nuestros enfermos, para apoderarse del edificio, las salas que