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Digámoslo eantando, para no tartamudear con los nombres chinos ni con los japoneses: Derrota de la China- na, China- na, China- nn, derrota de la China- na y triunfo del Japón. Las condiciones de paz no pueden ser más favorables para esta última potencia. Indemnización de guerra, conservación de las plazas conquistadas y hasta de las bocacalles, puertos francos, gamones con chorreras y no ha de faltar para lo último un té chino, ya que no un le Deum, en acción de gracias. Y aquí entran las alarmas de la culta Europa. Se le subirá al Japón el triunfo á la cabeza? ¿querrá descubrirnos, conquistarnos ó colonizarnos? ¿intentará buscarle tres pies al gato, en vista de que todo gato tiene cara de japonés? Tal es la cuestión que hoy preocupa á la diplomacia de Europa, desdo Hannoteaux á Crispi, desde Eosebery á Kalnoky, desde Hohenlohe al duque de Tetuán. ¿Qué harán los orgullosos japonesitos? ¿Se dormirán en sus laureles, ó los guardarán para cuando se nos coman en estofado? Este es el problema, que acaso no resulte tan grave como nos lo presentan nuestros justos temores. Cierto que los japoneses se han organizado á la europea, se han armado á la europea, se han vestido á la europea; pero de esto hace bien poco tiempo, y bueno es recordar que á quien no está hecho á bragas, las costuras le hacen llagas Cada japonés puede creerse un Napoleón, pero ya sabemos á cuánto alcanzan 19 reales. Dar un Mikado á China, es cosa fácil; pero dar un Miko á toda Europa, no es grano de anís. La cuestión para España es inminente, por nuestras posesiones oceánicas. ¿Quién sabe si el primer deseo del Japón será apoderarse de las islas Filipinas? Y entonces estábamos aviados: en Cuba los negros, en Filipinas los amarillos; ¡para que nos riamos de los peces ni de las guerras de colores! Sobre este punto concreto (el peligro que las Filipinas puedan correr) llama toda la prensa la atención del Gobierno de S. M. Y no haya cuidado que éste eche el susodicho punto en saco roto. El Grobierno le acogerá con atención, con entusiasmo, con cariñosa preferencia. Basta que sea un punto filipino. Las elecciones próximas ofrecen nuevos atractivos á los aficionados al sport político. Estando abiertas las Cortes, y no siendo del Gobierno su mayoría, ésta amenaza echarse sobre él al menor indicio de que éste 6 el otro gob- ernador fuerzan los resortes ó aprietan los tornillos de esa malparada máquina electoral, que no sabemos cómo tiene resortes, tornillos, ni nada. -Me escriben, dice un diputado, que el ministro de la Gobernación ha dado órdenes á rajatabla al gobernador de la provincia X. -He dado órdenes, contesta el ministro, pero n á rajatabla, y el Gobierno sabrá desmentir tan absurdos rumores para que no se tomen á mala parte esas órdenes de menor cuantía. En efecto, la prensa ministerial publica al día siguiente un suelto en estos términos: El ministro de la Gobernación ha conferido órdenes menores á los gobernadores de las 49 provincias de España. Todos los partidos se aprestan á la lucha con el denuedo y el entusiasmo propios de quien ve en estas elecciones un ensayo de movilización para las otras elecciones más gordas é importantes, las que han de dar por resultado las futuras Cortes conservadoras. Los electores no viven tranquilos un momento. -Yo soy el candidato fusionista, dice un señor muy fino y bien vestido; supongo que no tendrá usted inconveniente en votarme. -Yo soy el candidato conservador, añade á poco otra visita, y he pensado en usted para que presida una mesa. ¡Y yo el tercero! añade un nuevo candidato que empieza á tomar color político. Hasta que el elector, abrumado, confundido y loca la cabeza, exclama rompiendo todas las candidaturas: -Fusionista, conservador, republicano, carlista: ¿qué tiene que ver todo eso con la recta y pura administración de los Municipios? LUIS E VILLA NOVA DIBUJOS DB CILLA