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cuerdo, la casita blanca. y el verde soto y la cruz bendita de la iglesia; y aquella grave armonía de los bajos era llanto y sollozos de los padres y amigos que los despidieron, y llanto había también en aquel solo de flauta que se parecía á la quejumbrosa voz de sus amadas. Pero el toque de cornetas traía otra vez el recuerdo del deber: era la voz de mando rápida y bronca, y concertando con ellas los bajos, marcaban el firme paso del soldado; oíanse imprecaciones y juramentos en los enérgicos acordes, y la mano apretaba con rabia el fusil, agrandábanse los ojos como si vieran un baluarte incendiado, y temblaban nerviosamente las aletas de la nariz, como si el olor de sangre y el humo de la pólvora del campo de batalla produjeran una borrachera anticipada; estúpida embriaguez de fiera que se prepara á la lucha Entre los soldados expedicionarios, quintos en su mayoría, había uno navarro, bajo y fornido, que había acudido al servicio de las armas sin vacilaciones ni dosalientos. Llamábase José Beraza, y era nno de los que más ardientemente deseaban entrar en refriega. Aquella noche comentaban los soldados en corros las últimas noticias que el asistente del coronel había traído. Los dos batallones, en unión con otras fuerzas convenientemente distribuidas, habían de atacar las cumbres inmediatas, dominadas por los carlistas, que apresaban los convoyes, interceptando toda comunicación. Los soldados narraban indiferentes, pero Beraza quedó muerto: el regimiento del Eey defendía las posiciones enemigas, y en él estaba un hermano suyo, el pequeño de la casa, que, excitado por algunos agentes de Don Carlos, había abandonado su familia para luchar por la causa del Pretendiente. Desde que oyó la noticia, sintió como uv vértigo de cobardía, zumbaron sus oídos, nublóse su vista, acongojóse su ánin y ya no veía á sus compañeros ni oía sus impresiones. Aquella noche no durmió; sus sentidos, su alma, su vida estaban en el o11 campo, al lado del hermano que debiera defender, en aquel campo que atravesarían los surcos de fuego de sus balas. Hubo momentos en que se levantó para huir. Los dos habían nacido en la misma casa, habían dormido en el mismo lecho, tenían en sus vena. -l.i misma sangre, eran una carne, sentían en sus corazones el calor del mismo hogar y en sus frentes el cariño de los mismos besos. ¡Y era él el que iba á ponerse frente á su hermano, el hijo del mismo padre y de la misma madre; era él mismo quien iba- á buscarle para, nuevo Caín maldito de Dios, romper de un culatazo aquella cabeza sobre la que habían caído las lágrimas santas de una madre! A la madrugada siguiente salieron las tropas á tomar posiciones. Las avanzadas empezaron el tiroteo; una ligera neblina indicaba el lugar de los combatientes. Después el fuego fué espesándose y se hizo general. Silbaban las balas con chasquidos de hojas que una racha otoñal arranca violentamente de los árboles, y nuestros soldados avanzaban impresionados, pero con resolución. Beraza permanecía indiferente bajo aquella granizada de plomo. Al principio tuvo tentaciones de romper el fusil y huir al través de los campos, en medio de la carnicería, lejos de su bandera, lejos de los carlistas, de su hermano, de todos, sin saber á dónde, sin importarle el término, como una fuerza ciega que obedece á una ley de repulsión; pero el sentimiento del deber militar le contuvo, y marchaba en medio de sus compañeros indiferente al ruido de los disparos, sin oír las balas ni las voces de mando de los jefes, sin disparar un tiro, insensible, autómata, sin darse él mismo cuenta de que avanzaba, sin saber quizá que podía tener necesidad de defenderse. El oficial, que le vio, gritó desde lejos: ¡Ese soldado, más ánimo! Y el sargento Kodriguez, con los levantiscos bigotes manchados por los fogonazos, repitió con energía: ¡Beraza, más ánimo! Un compañero cayó entonces muerto á su lado, y el camarada que se bajó á observarle le dijo, santiguándose, con cariñosa reconvención: ¡Animo, Beraza; que tiran á dar! El rostro de Beraza sufrió una contracción espasmódiea. Miró con extravío al sargento, que afinaba la puntería miró al pobre soldado muerto á sus pies, y sintió como un martillazo en la cabeza y una nube de sangre en los ojos. Echóse el fusil á la cara y disparó una vez y otra vez. Y desde entonces, brutal, sanguinario, chispeante la mirada, temblorosas de rabia las manos, siguió adelante cargando y disparando siempre, impelido por un furor secreto, por un coraje homicida, como si en su corazón hubiéranse despertado antiguos deseos de venganza, como si sintiera odios inextinguibles que debían rehabilitarle ante todos.