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i ¿i h i. JESÚS CAE POR TERCERA VEZ AMANECIÓ el día de las espesas sombras y obscuridades misteriosas vaticinado por los Profetas (1) Marcó el reloj de la eternidad la hora del poder de las tinieblas (2) La tierra oscila, sufre el cielo violentas sacudidas y el sol so enluta; la luna se tíñe en sangre y las estrellas lucen sin resplandor (S) ¡Llorad, vírgenes de Sión, sobre la deicida Jorusalén, cuyos gritos de sangre y muerte repiten con terror los ecos de Palestina! El Hijo de Dios, heclio Hombre, sucumbe tercera vez bajo el enorme peso de acLuella Cruz, en la que puso la justicia divina sus rigores y el mundo todas sus iniquidades (4) ¡Almas piadosas, las que buscáis con preferencia las flores amargas del Calvario y aspiráis con encanto los perfumes acres del sacrificio, venid á contemplar caído á vuestro Divino Eedentor! No os intimide el furor de las turbas, ni os espante el reguero de lágrimas y sangre que se extiende por lo largo del camino; la calle, que ayer ora de amargura, os hoy la vía láctea del amor. Dos mil años antes, en este mismo día, la recorrió Isaac llevando en hombros la leña doi sacrificio, y preguntaba con inocente curiosidad: ¿Dónde está la víctima? (5) Dios proveerá (6) poro veinte siglos después. Tedie avanzar como esforzado gigante que recorre senderos trazados por el dedo del Señor (7) Pero el gigante cae, y se levanta de nuevo para tornar á caer segunda y tercera vez Eeeoiamos todos esta lección divina. Las caídas y recaídas de Jesús nos revelan, más que ningún otro misterio de su Pasión, Ja verdadera naturaleza del hombre. Nada más humano que el caer Hoy caemos atropellados por las insolencias do la carne; mañana por la audacia y presunción del espíritu infatuado; después caemos de rodillas ante el ídolo de oro (8) Y así se encadenan las caídas en el transcurso de la vida. Cayendo de cascada en cascada, se purifica el agua hasta encontrar descanso en las inmensidades del mar: asi al través da escollos y caídas se humilla y transfigura el alma, llegando ennoblecida al océano de la eternidad. Cuando las tom. p 6 stades del mal y del dolor estallan, inclínase el espíritu y se rinde, como la planta y la flor se inclinan y languidecen cuando el huracán abrasador las sorprende; pero se alzan erguidas y lozanas con la gracia de Dios y su asistencia, si la brisa suave y el rocío del cielo las visitan. De los abismos de la abyección se levantó el hijo pródigo para tornar al Padre que abandonara (9) y postrada á los pies de Cristo halló la Magdalena su rehabilitación (10) Caigamos de rodillas ante ol divino ajusticiado; derramemos lágrimas de contrición sobre nuestras culpas, causa de tanto mal, y caerán las misericordias divinas sobro nuestras almas y nos levantaremos purificados por el perdón. (1 Kz 60 h, 30, 2. -Í 2) I. uc, 22, 58, (3) ú u c 21. (4) I3. 63, 11. (5) Gen. 22, 6. (G) Gen. 22, 11 (7) ra. 18, 6. -C 8) Math. 4, 6. (9) Luc, 16, 18. 10; LuC, 9,47. l A I M E OBIST- O DK SIÓK Dinü. io DE ANDKA. DK. -OBT. A mí ATII. TA