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f jSf- JESÚS ENCUENTRA A LAS SANTAS MUJERES AVANZANDO hacia el Gólgota, oíanse en pos de los condenados amargos llantos y lamentaciones. Un grito de inmensa piedad se elevaba del pueblo, del corazón de las mujeres sobre todo. Jesús se volvió hacia ellas: Hijas de Jerusale n, les dijo, no Uore ig por mi; llorad por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: j Felices las estériles, las entrañas, que no concibieron, los pechos que no amamantaron! Entonces se gritará á las montañas: ¡Caed sobre nosotros! y á las colinas: ¡Cubridnos! Si así se trata al árbol verde, ¿qué se hará con el seco? Jesús se olvidaba de si mismo, de sus horribles padecimientos y dolores, para devolver piedad por piedad. En el completo aniquilamiento de su persona y voluntad á que se había sometido, pensaba tan sólo en aquel pueblo de quien era la víctima, de quien iba á recibir la muerte. E n el símbolo de su última frase profetizaba para Israel calamidades próximas é inevitables. El árbol verde y joven era Jesús, mismo; e l árbol seco y moribundo, la nación que así le rehusaba. Si el inocente acusado de falsario, de blasfemo y de rebelión contra la autoridad pagana era tratado de aquella suerte, ¿cómo había de serlo después aquel pueblo criminal y deicida que intentará romper el yugo y que encontrará su destrucción bajo el hierro y el fuego de los romanos? Eátos son los vengadores de Dios; nadie les conjurará; uno solo podría hacerlo, y éste es el mismo á quien esa raza, ciega por el odio, va á hacer matar en el más afrentoso de los patíbulos. E L P A D R E DIDON DIRU. IO DK ANDR DI! -OnLA nii ABJ. IA