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XA JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE CaiSTO ontra on la calla de Amargura. Este paso del Salvador desde su Pretorio á su Calvario queda más impreso que ningún otro en la conciencia y en la memoria humana. ¿Qaión quo se haya criado en los pueblos católicos no recordará la triste procesión del Jueves Santo por la tarde? Yo creo ver la de mi paeblo, y viéndola, traigo á mi corazón los afectos primeros trágicos de la inocencia y de la infancia. La torre del templo, muda; los hogares, como si en todos hubiese algún difunto, cerrados; sin vestidura las aras y sin sacras; los candelabros esparcidos; las lámparas extintas; el tenebrario apagándose y causándonos con su obscuridad sucesiva escalofríos, como si el sepulcro se abriese á nuestras plantas y el juicio final viniera sobre nuestras frentes; todas estas tristezas de tan solemne aía no llegaban á la congoja sentida cuando la Virgen Madre iba solitaria, envuelta en túnicas negras y negros mantos, sus manos amarillas como las de un cadáver, amarillo su rostro como las manos y lleno de lágrimas cuajadas cual granizo, porque nuestro terror trágico al verla entre las elegiacas endechas del Aítseceí- e entonado por voces lamentosísimas, nos sugería la idea de que nosotros pudiéramos en tal momento morirnos, y quedarse como aquella mujer sin consuelo, como aquella sombra do la desesperación y de la muerte, nuestras pobres madres. No recuerdo si las efigies aquellas merecían ó no, según su valor artístico, la representación del religioso paso; mas recuerdo cómo herían mi corazón y llegaban á sugerirnos pona tal, que alli comenzaron los primeros manantiales del río y del mar de nuestras lágrimas. Cuando por un lado, en aquella procesión, se veía la Soledad, y por otro lado llega el Nazareno; como la naturaleza humana so reproduce y se copia toda ella en cada instante sublime, la inteligencia y el corazón se ponían en aquel caso, y las penas horribles, y los desengaños mortales, y los combates eternos, y las tragedias infinitas ó innumerables agolpábanse á nuestro corazón y nos traían el recuerdo completo de cuanto habíamos sufrido todos en nuestros progenitores y el presagio do todo cuanto deberemos á una sufrir todavía en todos nuestros desoendientas. Las angustias en el Huerto, angustias del género humano son. Todos tenemos traiciones de Judas en la triste vida. Nos han negado personalmente los discípulos más queridos, y han renegado una doctrina salvadora como si fuese mal y error. Todos los labios han probado la hiél acerba que despiden las fauces del calumniador. Todos hemos bebido el agrio vinagre de los desengaños y todos hemos amasado con hieles el pan de cada día. La tierra es una infinita calle de la Amargura, por la eual vamos cayendo y levantándonos con la cruz al hombro y las espinas en las sienes; calle de la Amargura terrible, á cuyo término sólo descubrimos el Calvario de todos con patíbulos en las cimas y con el sepulcro á las plantas. EMILIO Dinüjo DE MARTÍNEZ ABADES. -OHLA DK A U L J A CASTELAR