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Los Brigantes, y ello tenia que ser al día siguiente, fuera como fuera. Y Bretón no tuvo más remedio, para que el milagro fuese posible, que ir á casa del payaso, pegar el oído al acordeón y tomar sobre el terreno los veinticuatro números, que aquella noche instrumentó y que al día siguiente puso en ensayo después de un repasito que tuvo que dar á unos exce ntricos musicales. Se estrenó la pantomima, y aquella música, hecha al vuelo y con la manecilla del reloj delante, parecióles bien á los señores y se hizo durante todo el verano en aquel circo. ¡Qué lejos están aquellos tiempos de lucha y de esfuerzos constantes, de los de aiior en que Bretón triunfa y enriquece el pentagrama con joyas musicales como La Dolores; de la época en que, c onfundido en una orquesta del circo, tocaba para las anillas volantes el paso á dos y el hombrecañón, y de la presente, en que sus Amantes de Teruel hallan cariñosa hospitalidad en todos los escenarios de los mejores teatros líricos extranjeros! Bretón, antes de pensar La Dolores, estudió á conciencia todo nuestro teatro clásico; seducíanle FA castigo sin venganza, de Lope, pero ya Verdi desfloró el asunto en su Don Carlos, y El mayor monstruo los celos, de Calderón; y en otra requisa curiosa á través de los ingenios de nuestro siglo de oro, salióle al paso La Dolores, con sus arrogancias, con sus tonos salientes, con sus desgaires de moza resuelta y bravia, y desde aquel momento cerró los libros clásicos y no se dio reposo trabajando en la hermosa obra MELCHOB (Sr. Mestres) DOLOKES (Srta. Corona) de Feliú y Codina. DoLOEES. -Di á q ué vienes. Fué á un poético y retirado rincón de la montaña de Santander, el Astillero, donde trazó las lineas generales de la ópera y delineó los primeros compases de la partitura; pero llegó á la jota, lo saliente, lo que determinaba mayor fuerza, y recogió sus trebejos, hizo la maleta, y á Aragón á estudiar, á saturarse de aquel ambiente, á oir cantarla jota verdadera de los labios del baturro, fresca, como brota de su garganta, y acompañada por el característico ran- ran del guitarrillo. Eso hizo Bretón, y por eso la jota de La Dolores tiene sabor y el colorido propio de la tierra. Terminada La Dolores, el empresario del teatro Eeal solicitó su representación, y hasta llegó á ofrecerle el valiosísimo concurso de la eminente trágica Emma Bellincioni, inimitable creadora en Madrid, con Stagno, de la famosa Cavalleria rusticana. Muy bien cuadraba en la figura de La Dolores la de la actriz italiana. Hay cierta afinidad entre el carácter de la obra de Feliú y el de Santuzza de la de Mascagni: las dos mujeres son rústicas, de sentimientos nobles y de arranque y acento valerosos; una y otra tienen el mismo punto de contraste, aunque el dolor que las hace gemir y retorcerse en su impotencia reconozca otras causas. Pero Bretón, temiendo que la obra fuese pequeña para lo que hemos conveDido en llamar aquel marco, y sospechando que el icentuado españolismo, los guitarros, las coplas, todo lo que allí palpita hubiese resultado exótico en el escenario de nuestro primer teatro lírico, la reservó para la Zarzuela, cumpliendo asi compromisos anteriores. La obra, á mi juicio, es lo mejor que ha producido Bretón. Fotográficamente reproducimos del acto primero la jota coa que termina ei acto, y que cantó Alcántara primorosamente; del segundo, una canción picaresca, graciosa, describiendo una corrida de toros, que DotoBES r LÁZABO (Sr. Simonetti) Sigler dijo admirablemente, y el dúo de Dolores y Melchor. LizAEO. -Di que es verdad que me amas. En el acto tercero se destaca vigorosamente por su factura y orquestación el dúo de Dolores y Lázaro, en el que Simonetti se nos reveló la noche del estreno como un cantante de ua excelente gusto. La voz, si no muy voluminosa, es de buen timbre, segura y tersa, valga la frase.