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Quizá por todo esto, las viajeras del expreso aparecen siempre, poro sobre todo on esta época de Semana Santa y ferias, radiantes do felicidad. La ¿oiíeííe de viaje es un término medio, colmado de coquetería, entre los envoltorios del invierno y la diafanidad del verano. Como no liaoe trio, sobra la, manta; como las noches son tibias, basta con un cubre- polvo de tela ligera, que más que cubrir dibuja las lineas esculturales de las nostálgicas de la G- iralda; como se sale temprano y se llega ya entrado el día, conviene cuidar un poquito la mise en scene do los dos andenes, el madrileño y el andaluz; y para que ésta produzca efecto, no sólo se puede, sino que es conveniente trocar las botitas de aguas que agrietó el invierno, las botas que pesan horriblemente y destruyen los contornos artísticos del pie, las botas inglesas, y como tales sosas y mudas, por ol zapatito á la española, por el zapato ligero, bajito, de suela delgada, más parlanchín que los ojos habladores, y más tentador que sus miradas. A la hora que el expreso sale de Madrid, Sevilla comienza á bostezar. Las brumas del río, de ese Guadalquivir tan. bonito como ingrato para sus hijos, á los que alguna vez trata malamente, van envolviendo y obscureciendo los contornos y perfiles de la hermosa ciudad y corriendo uri esposo velo entre ella y sus afueras, entre las maravillas del interior y las bellezas de aquel campo privilegiado iiiera de concurso, como ninguno poético y seductor. Las viajeras del expreso de Sevilla, pensando en es transformación que han admirado otros años, hojean mientras hay luz el libro del día, pero lo hacen distraídas, in- diferentes, pensando tan sólo en lo que se saben de memoria, en los esplendores del teatro de San Fernando, en las tentaciones de aquella reja do la casa á que van á parar, on las apreturas de la calle de las Sierpes, en los riesgos de la dehesa de Tablada cuando se va á ver los toros, en la grandiosidad de la Catedral famosa, en la so- veridad do los cultos, en la brillantez de las procesiones, en los alicientes de las reuniones que se celebran para verlas pasar y con todo esto se arman en sus cabezas tal revoltijo y sienten en sus pechos tal impaciencia, quo cuando el lampista enciende los farolillos de los vagonesi ya quisieran que el sol apuntase en el horizonte, y cuando: el tren llega á la estación do Alcázar, les sabría mejor el chocolate tomado como desayuno, que como tente en pie- para pasar la noche acostadas. i Ellos, los viajeros, van también á Sdvilla pensando oi infinidad de cosas y aguijoneados por multitud de oaprioíios. Los caballistas se las prometen muy felices con la feria de ganados y con la excursión, obligada para algunos, á Jerez para visitar las cuadras de D. Pedro Guerrero. Los taurófilos se figuran estar ya en la plaza, en aquella plaza de Sevilla, que conserva el aspecto, el tono, el barniz y los detalles de los clásicos tiempos del toreo. Los juerguistasMO se acuestan aunque viajen en sieeping, para recordar y acostumbrar el cuerpo á la postura académica, á la postura especial, casi rígida, que cae tan bien y es indispensable para sentarse al natural ó á horcajadas en el taburete del puesto de feria, del aguaducho, de la buñolería ó de la tienda; esa colocación que requiere mucho desparpajo y gran ¿llegue de cintura, un bastón en que apoyar, como apoyan los toreros, el brazo izquierdo sobre el puño do muletilla y el derecho sobre el tercio medio del muslo, mientras se conserva el cuerpo un poco inclinado adelante, los pies distancia para llevar el compás de las playeras, y la cabeza suelta, flexible, en disposición de mirar arriba si la cofea lo merece, abajo cuando las enaguas de la bailadora, alborotadas con los sacudimientos de culebra del baile flar 46 nco, ofrecen á cada instante un descubrimiento de interés, ó á los lados si la bronca surge y las navajas centellean y empiezan á trazar jeroglíficos, cuya solución se encuentra casi siempre en el depósito de cadáveres. Los devotos del género femenino quisieran ponerle alas á la locomotora para verse pronto entre las mujeres sevillanas, gala del género; los amantes de las costumbres populares oreen escuchar el ruido de las guitarras y ver el goteo despilfarrado de las cañas de manzanilla; los sportman apuestan, apenas salen de las agujas de Madrid, por los corceles que en ol Hipódromo sevillano dicen que corren más que en otros para dar envidia á los caballos españoles, á esos caballos gruesos de cuello, de cabeza pequeña y pechos amurallados y brazos dislocados por las presunciones del braceo, que se crían por la región andaluza para envidia de extranjeros y trono de sevillanas; los misántropos adivinan la dicha, ya en la Alameda de Hércules, ya en el barrio de Triana, en la casa señorial ó en la freiduría de pescado, en la dehesa ó en el templo; porque la dicha está ¡quién sabe dónde está!