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la carta que salga triunfante. La espada, la mala y el basto, se disputan la primacía. ¿Cartas también? Pues ¿y los propósitos del gobernador? -A tales naipes no llegan copos. Son cartas certificadasy valores declarados en su mayoría. ¡Ah! ¡Si Felipe IV, el de la plaza de Oriente, quisiera hacer un enroque, como dicen los jugadores de ajedrez, y cambiar de casilla conmigo! -No sabrías más de lo que ahora sabes. Verías mucho entrar y salir de personajes, que vuelven á entrar y tornan de nuevo, siempre graves, serios y callados como estatuas. ¿Tan grande es su reserva? -Tanta, que parecen otras tantas Cibeles ocultas á las miradas del público con sendos tenderetes, andamiajes y vallas. ¡Ah! ¿Conque también se han puesto cerca? -Unos cerca y otros lejos, según. G- raoias á que en las respectivas empalizadas podem. os leer anuncios como en la tuya. La Cibeles canovista tiene letreros curiosos: Llegaron por fin las tan acreditadas conservas de Málaga Somero sin tufo Gabinete sin amueblar Se cede un turno pacifico La Cibeles armada, mejor diríamos Belona ó Palas Atenea, está cubierta de reclamos de otra clase: Hojas legítimas de Toledo Arseuiato químicamente puro Digitalina para corazonadas i. PrégoLix, etc. etc. En fin, la Cibeles sagastina anuncia ediciones baratas de la Constitución y ediciones de lujo del Código de Justicia militar. -Grandes cosas me pierdo por vivir encerrada. -Al contrarío, con ello ganas mucho; y como las cosas sigan, habremos de imitar tu cauto ejemplo todos los ciudadanos de Madrid. No pudo más la diosa, y á fuerza de respingos, esfuerzos y estirones, logró asomar la cabeza por encima de la valla. El alegre espectáculo de la calle de Alcalá en una tarde de sol regocijó á la Cibeles, que desechando tristezas y pesimismos dióse á pensar como el doctor Pangloss, considerándose en el mejor de los pilones posibles. ¿Dónde están las negruras del horizonte? repetía la diosa; ¿dónde las nubes feas? ¿dónde las señales de mal agüero? Ignoraba la diosa que así como al mal tiempo pasado pusimos diariamente buena cara, á la mala cara y feísimo cariz del presente hemos puesto un tiempo hermoso, primaveral y esplendido. Miró á lo lejos la Cibeles, y por un fenómeno de espejismo no observado hasta ahora más que en el desierto, vio la imagen de otra Cibeles, de la Cibeles fusionista, vieja y derrengada, aguijando en vano á la mal avenida pareja de sus leones y llevando á la trasera de su carroza desvencijada una zaga tristísima y abrumadora como no se la deseo ni á la Cibeles do verdad, ni al más implacable de mis enemigos, si tengo alguno. Lms E. VILLANOVA (DlRÜT- IS DE CILIJA)