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MUJERES CELEBRES LA BELLA FÉRRONNIERE Entráis en el Museo del Louvre; recomendó sus amplias salas y sus extensas galerías, pasan ante vuestros ojos cien y cien obras de arte italianas, francesas, flamencas, españolas Poco á poco la repetición de impresiones os causa mareo en la vista é indiferencia en el ánimo, ya hastiado, cuando de pronto os detonéis mirando á lo alto: ya no solicita vuestra atención ni la destreza de un pincel maestro, ni los primores del dibujo, ni lo habilidoso de la composición; desaparece el artista y siente el hombre; no es la belleza pictórica lo que os suspende, sino la hermosura femenina: una mujer de faz ideal que desde el lienzo os mira, y que, á bajar del lienzo, seguiríais enamorados por todas las calles de París. Dos ojos de mirada incomparable brillan bajo una frente serena y virginal; cae el pelo en sencillísimo tocado sobre una y otra sien, encuadrando el rostro, y suieto á la frente por un cordón que ostenta en medio gruesa joya; tres vueltas de collar abrazan el cuello, y cubre el espléndido busto un traje riquísimo lleno do cintas, bordados y galones, según la moda romana del jEen acimiento. Hay lienzos que incitan á preguntar por el autor, otros por el asunto, otros, como éste, por el personaje retratado. Si para satisfacer esta curiosidad interrogáis al celador que por allí pasea, éste os contará con picara sonrisa, y casi al oído, una historia de amores, una de tantas historias como esmaltan el alegre reinado do Prancisco I, le roi cltevalier, cuya opinión sobre las mujeres dejó escrita con el brillante de su anillo en una de las vidrieras del castillo de Ohambord: ¡souvent femme varié, hien fol qiii s y fie. Desconócese el nombre de la dama; llámanla Pérronnicre quizá por el adorno que corona su frente, quizá por ser esposa de un comerciante en objetos de hierro, quizá por llamarse Perron su marido. Como se ignora el nombre de la Pórronniére, desconócese también su patria; háoenla italiana los unos, la suponen otros española, llegando á Praneia entre el famélico cortejo que siguió al rival de Carlos V desde su cautiverio de la torre de los Lujanes; convienen todos en que fué el último amor de Francisco I y el bello instrumento de un regicidio inenarrable. Los episodios de Diana de Poitiers y de la duquesa d Etampes nos enseñan cómo el rey se divierte la corta pero picante historia do la Férronniére nos i Mrí dice cómo el rey muere Tal es la leyenda. Sus recargadas tintas no se avienen con la expresión virginal y dulcísima dada al retrato por el pincel de Leonardo de Vinci. De aquí que piadosos historiadores atribuj an la tradición al venticello de la calumnia y digan que la dama retratada por el famoso artista no es la infiel esposa del burgués Perron, sino la duquesa de Mantua ó Lucrezia Orivelli, amante de Ludovico Sforza. Ignorado su nombre, desconocida su patria, borrada su historia más que dé prisa, ¿qué queda entonces de la bella Pérronniére? Queda lo principal: la belleza, rodeada de su atractivo más encantador: el misterio. (DiBL JO DS A B I J A) LDIS B E R M E J O