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LA VOZ DE LA CONCIENCLA AunqLue tarde, compreniUó que había hecho mucho mal durante su vida. El sabia que estaba condonado á, muerte en plazo muy breve, porque su enfermedad era de las que no perdonau. Sas pulmones estaban desgastados y su corazón funcionaba irregularmente, como una máquina descompuesta. No había otro remedio que morir cuando las primeras brisas del Norte comenzaran á despojar de sus. hojas á los N c A í x corpulentos árboles del parque de su hotel. La muerte es un fp. ucipnario de la Providencia que ejecuta los designios de ésta inexorablemente sin dej arse corromper ni por el oro ni por las súplicas. Viéndose al borde de la fosa, pisando el umbral de esa terrible y misteriosa morada que se llama eternidad, el recuerdo de sus víctimas le horrorizaba, llenando su corazón del inmenso pavor de la incertidumbre; porque si antes no creía ya cercano su fin, se preguntaba con espanto si acaso existiría ese más allá en donde cada ser recibe el piemio ó el. eastigo de las acciones que ejecutó durante su tránsito por la tierra. Sobre todo, aquella infeliz María, aquella virtuosa costurera engañada traidoramente, de un modo inicuo, y abandonada después de su vergüenza y desssperación aquella pobre niña que doMegándose, ahogando su justo odio