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tí) Una mujor do la huerta do Atalaya llamó á tros soldados que pasaban por allí y les entregó doco, duros y ocho chorizos para que cenaran: otra mujer sacó una peseta y se la dio á un soldado: como éste la rechazara, repetía aquélla con mucha insistencia: Tómala, hijo; no te doy más porque no tongo. Prco á poco las barcas y lanchónos fueron conduciendo por grupos á la tropa desde el muelle Maliaño hasta la entrada de la bahía, donde acostumbran anclar los trasatlánticos. Realizado el embarque, los soldados expedicionarios saludaban con gorras y pañuelos al pueblo de Santander, agrupado en la largalínea de muelles, y á los periodistas, autoridades, amigos y gente entusiasta, quo tripulando Taporcitos y botes brujuleaban en r e d e d o r dol I. eón Xlll. A la una de la tarde un cañonazo anunció el momento de zarpar; redobláronse los vivas y los gritos de entusiasmo; salió ol vapor, siguiéronle hasta la boca del puerto las embarcaciones menores, y allá van los defensores de la patria llevando en el pecho una impresión quo jamás se borra del alma del soldado. E! batallón d Madrid El primer batallón peninsular, formado con voluntarios y sorteados de los regimientos que guarnecen la corte y sus cantones, salió de Madrid el 9 por la noche, y puedo decirse que la despedida del pueblo duró todo el día, todo un día nublado y tristón, un día gris y apagado como los uniformes de la tropa que se marchaba. Muchos soldados llegaron por la mañana de Getafe, de Carabanohel, de Leganés, de Alcalá, y empezaron las despedidas en el cuartel; á las cuatro de la tarde cruzaban las vías principales de Madrid los 90O hombres del batallón flamante; en la plaza de Oriente recibieron el saludo de despedida de la familia real; en el Congreso, de los políticos; en el Prado, de las autoridades militares; en todo el camino, del generoso pueblo de Madrid; á última hora, y en la estación del Mediodía, fueron las despedidas peores las de las madres, hermanas, novias, pedazos del alma que aquí quedan mientras el soldado marcha muy lejos dispuesto á verter la sangre por la patria. El desñle de los soldados sin armas ni banderas por las calles de Madrid no pudo ser más triste. El pueblo echó de menos la enseña de la patria al frente del primer batallón peninsular; Mariano de Cavia interpretó la opinión general en un articulo hondo y sentido, que no cayó en saco roto. El diputado antillano Sr. Castañeda telegrafió á Cuba pidiendo banderas para los batallones peninsulares, y, no hay mal que por bien no venga, la bandera estará en Cuba antes que el soldado. Cuando éste desembarque en la Habana ó en Santiago, ya estará agnar dándole allí el flameante símbolo de la patria que ha de precederlo en el combato y ha de tremolar sobre él en la victoria. El soldado español en Cuba Como todo soldado europeo, cambia do uniforme en las colonias donde ni el sol ni las lluvias consienten el típico ros ni el marcial pantalón encarnado. Mas en vez de vestir á la inglesa como italianos y franceses, que en el respectivo ejército colonial se visten de blanco y se ponen en la cabeza sendos cascos de fieltro, el soldado español sigue distinguiéndose do los demás aun después do cambiar de uniforme. Componen éste guerrera y pantalón do hilo azul, bocamangas encarnadas, machete al cinto y sombrero de paja con escarapela de los colores nacionales. Asi ha peleado el soldado español durante diez años en la anterior campaña; abriéndose camino á golpe de machete por entre la espesa vegetación de la manigua y hundiéndose hasta la rodilla en su suelo encharcado; bloqueando á los insurrectos en la parte oriental de la isla merced á la trocha militar, guardada por pequeños fuertes de madera donde la vida del soldado era un cautiverio; desafiando con valor indomable el machete de los insurgentes (tan bien templado, que cortaba á oereón el cañón de un remington) y lo que es peor, las enfermedades quo en fúnebre lluvia caían sobre el soldado peninsular. ÍVK I