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tantos de la calle de la Sartén? ¿por qné se oyen gritos lastimeros? ¡Indudablemente a- qvLi hay gato! Y, en efecto, el Juzgado de guardia descutire al morrongo, que en vano trata de arrancar el pedazo de tabla q ue tapa la gatera. Cada niño que muere puede dar la clave de un infanticidio; todo cadáver abandonado delata un crimen nefando y siniestro; una piltrafa de carne arrojada á la vía pública puede ser la inútil sobra de un almuerzo, pero puede indicar también que en la casa contigua están haciendo pepitoria á un ser humano. Cuando había conspiradores en España, el afán á lo misterioso tenía siempre tela cortada donde cebarse: el oro de la reacción, la hidra revolucionaria, el volcán que ardía bajo nuestros pies Mas todo esto acabó, y hay que echarse al delito común con todas sus consecuencias. La prensa acabará por publicar junto á las charadas y acertijos inofensivos, terroríficas adivinanzas judiciales. ¿De quién era aquella mano? dirán como el famoso folletinista. T al día siguiente publicarán la solución exacta y los nombres de quienes no hayan acertado más que cuatro dedos. ¿Serán las comidas de vigilia? ¿será el miedo á G- uillermón? ¿serán celos á Martínez Campos? Ello es que la gente se mata como en sus mejores tiempos, y que otra vez la racha de suicidios puebla el aire de detonaciones y lleva á mal traer al Juzgado de guardia. Uno se pega cinco tiros en un café para encontrar al mismo tiempo la muerte y el mármol sepulcral; otro se cuelga de un alcornoque como de su propio árbol genealógico; un tercero se arroja al estanque de los patos para que su muerte, en vez de averiguada, sea tenida por otro canard. Y vamos viviendo; mejor dicho, vamos dejando de vivir. Este se mata dentro de una berlina, para que el diablo, ya que le lleve, le lleve en coche; aquél prefiere el consommé de fósforos; tal otro se decide perlas armas blancas, porque cada cual tiene su manera de matar pulgas y de matarse á sí propio cuando llega el caso. El juez de guardia, cuando vienen rachas como la presenté, tiene que resolver el grave problema de la ubicuidad. El crimen do la calle de Fuencarral dejó en nuestro ánimo cierta inclinación é, lo misterioso, que actualmen 1 e se manifiesta cada lunes y cada martes. La- prensa trae estos días en su crónica de suoesos cosas inexplicables en cuya aclaración interviene el público con tanto celo como los Tribunales. ¿Por qué está cerrada hace tres dias la casa número Y no sabe si apelar á la bicicleta ó aguardar á las carreras de Mayo, para contratar, con destino á la berlina del Juzgado, al jaco más volador de cuantos devoren la pista. LUIS (DIBUJOS DB CILLA) ROYO VILLANOVA