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n a r i a s era siempre el mismo. Sobre todo, donde había que- verle era en las funciones en que nos t o c a b a llevar la peor parte. Entonces, cuando vista la imposibilidad de seguir resistiendo n o liabia cuerpo que no se pronunciase en más ó menos ordenada retirada, á Canarias no había quien le hiciera abandonar sus posiciones, como si quisiera p r o b a r á. la nación entera que su grito de ¡Constitución ó muerte! n o era v a n a hipérbole ó frase desprovista de sentido. III E l único que no parecía participar do aquel entusiasmo era el físico del segundo batallón, que no sé si he dicho que era en el que me h a b í a tocado servir. H o m b r e que bajo u n a corteza r u d a encubría u n o s conocimientos científicos n o t a n c o m u n e s como fuera de desear e n t r e los de su clase por aquel entonces, t a n t o por el despego con que oía los patrióticos discursos con que sazonaba la oficialidad sus conversaciones, como p o r la sarcástica sonrisa con que acogía el repetido grito de ¡Constitución ó muerte! más de u n a vez nos hacía sospechar que de t e n e r afecciones por alg ú n sistema político, no era ciertamente por el que nosotros con t a n t o ardimiento defendíamos. Sin embargo, según mis noticias, por su gusto había tomado el puesto de médico en nuestras filas, como hijos mir a b a á los soldados enfermos ó heridos á que t e n í a que prestar los auxilios do su ciencia, y en p u n t o á inteligencia y celo en el cumplimiento de su ministerio, como eiemplo era citado en todo el ejército de operaciones. Lo cual no q u i t a b a p a r a que cuando después de u n a acción, ora en el primer zaquizamí habilitado por hospital de sangre, ora sobre el mismo campo de b a t a l l a si la res holguras, mientras se multipli aquellos malditos instrumentos, qU á los nuestros que las b a y o n e t a s d refunfuñar entre dientes n o sé qué todo debían t e n e r menos de rezos. P u e s ¿y después? Cuando empezal: eería h u m a n a p a r a la c u a l t e n í a un! Sf l, listas y hábiles podían tenerse por x Dios, entonces sí que y a se oía claro Votos redondos como balas rasas e sus labios, sin que faltara n i u n a ve muletilla con q u e d a b a fin á todas si- ¡Constitución ó una pata de menos onsrreauceacer sctil i un laba A los dos meses largos de aquella vida, que á decir verdad t e n í a poco de holgada y H V- tranquila, á mi t a m b i é n me tocó m i china E. trS correspondiente. Cerca nos encontrábamos y a de Puigcerdá, cuando u n a m a ñ a n a cayendo u n a partida facciosa i n o p i n a d a m e n t e sobre nosotros hizo t a l estrago en nuestras filas, que sargento hubo precisado á 6i a; Cargars 6 del m a n d o de u n a compañía por haber ésta quedado sin oficiales. P o r suerte, no fui y o de los q u e p e o r escaparon. L a bala, que venia derecha al corazón, rebotando en uno de los botones del peto d e m i casaca, y a perdida fuerza, no pasó de incrustarse debajo de la axila izquierda, haciéndome, no obstante, perder el sentido. Cuan. lo le recobré fué en el momento de h a l l a r m e en el hospital de sangre en manos de u n p r a c t i c a n t e que procedía á la extracción del proyectil. T r a s de u n t e m o que m e a r r a n c ó el p u n z a n t e dolor que sufrí, p r e g u n t é en l a s peores formas- del mundo por el servil del médico, el que me dijeron que en vista de l a s m u c h a s bajas de aquel día, se había instalado o n el mismo campo de b a t a l l a p a r a practicar las primeras y más u r g e n t e s curas. Desgraciadamente, no tardé en verlti e n t r a r en aquella estrecha y mal acondicionada sala, que en p u n t o á alaridos é imprecaciones podía pasar por exacta p i n t u r a del infierno de que h a b l a n los místicos. Dos soldados le conducían en u n a caLiilla, sobre la que se destacaba su rostro anguloso, pálido h a s t a la lividez, I