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de canallas, de desagradecidos y de cobardes! ¡Ah! ¡Pero me lie vengado hasta la saciedad! Calmó un poco su cólera, y después, haciéndome un guiño, me indicó que le siguiera á un rincón del patio, y alli, sentados sobre un hanco de piedra, comenzó á relatarme sus penas. -Mire usted, me dijo. Yo cometí la locura de enamorarme; locura que, según dicen estos señores que se llaman módicos, aún me dura y me durará por todos los siglos de los siglos. ¿Usted no se ha enamorado nunca? Instintivamente hice una señal de afirmación, y ol loco, convencido de que trataba con un colega, me diio con toda sinceridad: -Perfectamente; la afirmación de usted me evita una serie de preparativos y de explicaciones que mu- mujer no espera, va demasiado de prisa; ¡hay que esperarlo y entrar en él antes que algún despierto madrugador lo tome por asalto! Después el loco hizo una pausa, y mirándome fijamente me dijo: ¿Pero es verdad que no tiene usted reloj? -Aseguro á usted que no lo he tenido en mi vida. -Pues bien, continuó calmándose; no quiero molestar á usted relatándole aquella historia de amor, porque supongo que será la misma historia mil veces oída y mil veces descrita en todos los tonos y de todas maneras. Me equivoque, amigo mió. Aquellos anhelos, aquellas dulzuras inestimables, aquellas madrugadas llenas de luz, aquel balcón lleno de flores y aquel pedio lleno de lágrimas y de promesas, fueron la más infame de todas las mentiras. Angela María estaba muy lejos de ser aquella mujer propia que yo me había figurado. El buen sentido de usted suplirá mis aplicaciones. Ko quiero relatarle mis agustias, porque aun cuando quisie 1 no podría hacerlo. Llegué á mi casa estuve á punto de volverme más loco 3 lo que estoy. Quise escribir y sólo il x chas voces he tenido que hacer á los hombres do corazón duro y de voluntad incierta. Estamos de acuerdo. Usted no ignora lo que significan las primeras palabra. s de una mnjer enamorada; usted por desdicha, conoce las vaga- iniciaciones de un amor hónralo, y usted, lo mismo que yo, que hemos tenido la mala fortuna de andar por ol mundo, sabemos lo que vale la felicidad del hogar y el trabajo que cuesta conseguirla. Angela María me prometió todo esto y ¡cosa extraña! llegué á creerlo de buena fe. Ah! Se me olvidaba advertir á usted que Angela María no era una de esas hermosuras de espantar; era simplemente una jovencita agradabilísima que á nadie inspiraba codicia; era ¡no me sé explicar! algo asi como un modelo de mujer propia. ¿legó á disculpar todos mis defectos; es decir, todos mis pecados veniales. ¡La maldita pereza, esa horrible cadena que he tenido siempre sujeta al cuello, me ha traído á esta casa y me llevará á la muerte! Pues bien; por razones especiales que no son ahora para explicadas, yo no podía ver á Angela María sino á las primeras horas de la madrugada. -A las tres y media, me decía, te esperaré al oalcón. Y claro ¡maldita pereza! inventé un medio eficaz que me dio felices resultados: compró un reloj. Todas las noches, antes de salir de casa, ponía el despertador en las tres y media, y en efecto, á la hora indicada el escandaloso timbro me avisaba la más dulce de todas mis obligaciones. ¡Con qué matemática precisión sonaba á la misma hora! Sus quejidos metálicos parecían decirme: Anda, que quien bien ama ha de ser puntual y solícito. El corazón de la (DIBUJOS DE M A K T I N E Z ABADES) conseguí llorar; volví de nuevo á la calle y anduve yo no sé por dónde y hablé con yo no sé quién. El sueño ¡qué digo el sueño! la falta de vida me hizo caer en el mismo lecho donde tantas veces soñé con imagen de Angela María. Un ruido extraño me despertó de pronto. Yo, que me había reclinado para morir, volví de pronto á la vida. ¡Ah, canalla! dije. Y á la luz del amanecer vi la cara redonda del reloj, que se reía de mí que repicaba á muerte. La desgracia es puntual, ¡no se deja esperar ni un solo minuto! Aquélla careta blanca y redonda me señaló con una mueca las tres y media. No me pude contener; hice fuego sobre aquel fantasma, y el miserable aún latía. Cuando conseguí tenerlo entre las manos, aún vibraba su organismo metálico; ¡pero bien pronto enmudeció para siempre! El loco dio tal expresión á sus últimas palabras, que el doctor se acercó á mí y me dijo: -Vamos, que ya es la hora. Estrechó la mano de aquel pobre hombre, y le prometí volver á visitarle. Cuando el empleado cerró la verja, el amanto de Angela María, cogido de los hierros, me gritaba: ¡No so olvide de mi encargo! ¡Si quiere usted vivir feliz, no sepa nunca la hora que es! MAHDBI. P A S O