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como temerosa de qas su novio desaproTaase su idea. eos que reinalia despóticamente sobre una turbamulta de auxiliares y pinches. ¿No dices q ue tu tío es la boudad personificada? D. BalJomero no leía otras obras ni otros periódicos- ¡El mejor iiombre de la tierra! que aquellos consagrados al arte de Brillat- Savariu, y- -Paes á él no le importan nada tres mil pesetas. la mayor parte del tiempo pasábaselo discutiendo con el francés, jete de la cocina, que parlaba el castellano tan- Nada! replicó macjuinalmente Luis. -Le escribes una carta muy sentida, que le llegue al disparatadamente, que era un gozo oirle disertar acerca corazón, que le conmueva. Pintas nuestros apuros exa- de las salsas, rellenos y demás gollerías de su ministerio. El millonario quedábase siempre in alhis de la charla, gorándolos un poquitín más, y muy desgraciados somos poro aplaudía la novedad de los platos que el otro le si no te envía lo necesario parala boda; ¿qué te parece? ofrecía. -Muy bien; es una gran idea. ¡Si yo no tuviera este eavaeter tan tímido! II En una Ko vista inglesa se enteró D. Baldomero, gracias Ocho días empleó Luis en redactar la carta; nunca aca- al Diccionario, de un nuevo plato, un relleno de macarrobaban los párrafos con aquella conuiovedora elocuencia nes con pechugas de aves, cosa rica según el honrado que éí deseara; siempre habla falta ó sobra de vocablos; paladar del gastrónomo descubridor. Aunque no sea muy limpia la manifestación, chupábase hizo cien borradores y consaleó otras tantas veces á Julia, hasta que ésta, comprendiendo que tales suseeptibi- de gusto los dedos nuestro hombre pensando en confeclidides en la dicción alargdríati el resultado apeteeilo, cionar por sí mismo el famoso plato. Apuntó en un papel los ingredientes, cantidad y tiempo dio por bien redactada la misiva, una misiva capaz de conmover á una estatua de piedra, cuanto ni má, s á aquel necesarios, y al otro día metióse en la cocina y al lado del baeuazo do 13. ííaldomero, que siempre quo asistía á una horno estuvo cronómetro en mano, hasta que creyendo ya el plato en su punto, gritó con el mismo entusiasmo que función dramátidit- lloraba como una Magdalena. si se tratara de la resolución de un traseeudentalísimo Para mayor seguridad, certificó Luis la carta. Jamás hubo contestación más anhelada que la que es- asunto; ¡A la mesa! peraban los novios. ¡Pídele á Dios quo el tío so conmueva! decía él. IV- -Ya lo hago todas las noches antes de acostarme, reDisponíase á probar el relleno de macarrones, cuando plicaba ella. penetró en el comedor el ayuda de cámara trayendo en III ¡Ya lo creo que aquel tío era la bondad suma! Cuantos encomios so hagan para proclamar su corazón sensible y hombría de bien resultarían pálidos. Vivía D. Baldomero, el tío, en un magnífico palacio perdido en una aldea de Jfavarra, y en tal punr, to bendecían su nombre y designábanlo como su providencia; vivía el buen señor solo, y dis yL. í -r; f? f i lua carta que delicadamente dejó s niveos manteles, cerca de don jiíisutí so cuutentó con mirar de reojo el sobre, y como más le importaba que saber noticias gustar el plato de sus afanes, hincó el tenedor en los macarrones y lléveselo á la boca Napoleón, al ver perdida la batalla de Waterlóo, no puso seguramente el gesto que el millonario al paladear los macarronG Y aunque sólo se encontraba el francesón, que esperaba recibir los plácemes, gruñó D. Baldomero, á riesgo de atragantarse: ¡Bárbaros! ¡Más que bárbaros! ¡Han dejado pasar los macarrone- i! ¡Tras minutos demás han estado en el horno! tribuía su tiempo en h, icai ojras meritorias, pajear, comer y dormir; lo que se llama una vida patriarcal. Pero en lo humano no cabe la perfección absoluta. D. Baldomero era esclavo de la gula. Y como tenía el dinero de sobra, no escaseaba medio alguno para satisfacer su vicio, que muchas veces pecaba de extravagante. Tenia en su palacio á uno de los mejores reposteros do Karopa, un tirano con gorro y mandil blan-