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-Eres un hipopótamo con. zagalejo y cartilla. Lo qtio quise decir faé que on lugar de d e s a y u n a r m e quería escribir en la cama. ¿Dónde has echado la tinta? -La tiré al patio, señorito. ¡Dios mío! ¿Qué os lo que has hecho? -Tirarla al patio. -Paes anda, llena otra vez el tintero y tráemelo. -El caso es que no sé si podré recoger l a t i n t a de las piedras. Qué bestia ere. s! Anda, tráeme la escribanía. -Voy. -Y u n a cuartilla. ¿De qué? De demonios colorados! Déjalo todo. Aquí en e l b a t i u tengo cuartillas. Sólo me falta improvisar u n a mesa. No t e digo que mo traigas el cartapacio, porque ores capaz de t r a e r m e el aguamanil. ¡Ave María! ¡Si sabré yo que el cartapacio es ose sombrero quo se dispara y que so pono usté p a r a ir á los bailes! -Mira; si no lo eonfandos con ol cepillo de las botas, t r i ó m e aquel libro de música que oati sobre el piano, y quítate luego do m i presencia. A o llevaría yo escritas dos liuoas del artículo proaiotido, cuando u n campanillazo y varias voces t a n desconocidas como desaforadas me obligaron á saltar del c a t r e y á ponerme unos pantalones, aunque del revés. ¡Señorito! ¿Quién es? -Un negro que me quiere atravesar con u n a badila. ¡Qué atrocidad! ¿Será algún loco? -Puede ser, porque viene con la portera- -Vamos allá, dije acabándome de a b r o c h a r los tirantes. Y salí al recibimiento. -Señor mió, me dijo el negro abalanzándose á mí. Su criada de usted, ó el mismo demonio asomado á una vent a n a acaba de trasladarme á otra raza por obra y gracia de la reina de las tintas. D. J u a n yo he sido blanco hasta hoy; pero este cambio de color le costará á usted muy caro. -Caballero, si quiere usted que le recomiende al doctor Esquerdo- -Esta n o es ocasión de chirigotas. -Pero ¿quién es usted? pregunté amostazado al energúmeno aquél, que sudaba tinta. -Yo soy D. Cosme Pirinola. ¡El casero! -El mismo. ¡Cielos! -Sí, señor; cruzaba y o él patio p a r a inspeccionar u n a galería fotográfica que está instalando en la cueva el tabernero de abajo, cuando u n chaparrón de t i n t a me puso la faz de luto riguroso. -Pues espere usted u n poco. Voy á r e v e n t a r á la criada, y vuelvo. -Señor mió, esto es u n atropello. -No, señor; eso es u n b o r r ó n mayúsculo. ¡El primero que cae sobre mis honradas canas! ¡Oh! Esto exige u n a reparación. -Eso lo que exige es u n estropajo y agua caliente. Anda, Policarpa, friégale á D. Cosme todo lo que te mande. ¡Demonio! ¡Y la camisola también ha salido jaspeada! ¿Quiere usted mudarse? -Usted es ol que se v a á mudar m a ñ a n a mismo. Y a puede usted buscar cuarto. -Lo buscaré, si señor, y despediré á la Policarpa, y escribiré con lápiz m i e n t r a s viva. ¡Muera la t i n t a! ¿Quiere usted algo má Omito más detalles, mi querido director, porque y a se metió D. Cosme en si y o le debía ocho meses ó n o y en otras menudencias. Tínicamente consignaré que cuando me quedé solo consulté mi reloj y mi caletre, y vi que n o t e n í a y a tiempo n i humor p a r a escribir el artículo y no lo escribí. M a ñ a n a será otro día. Siempre de usted afectísimo y S. 8.