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Se rindió on él culto al más preclaro de nuestros ingenios, á Cervantes, y al más insigne do nuestros libros, al Quijote, organizando n u a mascarada en que vivían los principales personajes de la famosa obra, representados por lo que h a b í a entonces de más notable y hermoso en l a sociedad de la corte. T era de ver, según cuentan los quo presenciaron la suntuosa fiesta, á la duquesa de F e r n á n Núnez, j o v e n y recién casada entonces, llevanJo u n caudal de j o y a s y de galas para representar d i g a a m e n t e á aquella otra g r a n d a m a que t a n espléndidamente recibió en su castillo al intrépido y malaventurado caballero andante que por dosfaccr agravios y enderezar entuertos salió de su casa y do sus casillas; y á Dorotea, que no era otra que la condesa de Vilohes; y á Luseinda y Cristina, dos Bohorques; y á doña Clara, la marquesa de Molins; y á Altisidora, la condesa do Castañeda; y á la pastora Marcela, u n a Eoea; y á la venerable Doña Kodriguez, la condesa de Sclafani. Eí duque del Quijote era el marqués de Badmar, quo copió, p a r a vestirse, el traje con que Tieiano r e t r a t ó á Carlos V; D. Fernando era el duque do F e r n á n ÍTáñez; Cárdenlo, un Alvaroz de Toledo; y de pajes hacían los actuales marqueses do Perales y Sierra Bullones, que T e r a n dos mancebos que no h a b í a n heredado entonóos sus preclaros títulos. Y además de los personajes del Quijote, hubo otros muchos do la historia y do la leyenda en el famoso baile. Con dos trajes se presentó la duoña del palacio: de Sirena primero, luciendo u n caudal en esmeraldas y brillantes, y con el atavío do u n a de las mujeres do la Biblia después, llevando el fulgente a r m a d u r a de plata, No h a y qiie decir las v a r a s d