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r 1 i. t- 1; T Na LUPERCALIA Corren la calendas de Marzo. Todavía los vientos heladores del invierno azotan los pórticos y columnatas del Foro; los árboles do la campiña romana extienden sus brazos desnudos como implorando del cielo las primeras hojas; aún hay nieve en las altas colinas q ue circundan la ciudad de Kómulo, y sin embargo los luperoos, desnudos como estatuas griegas, untados de aceite y sin más adorI no que una piel de cabra mal sujeta sobre los ríñones, desafian la f inclerriencia del tiempo con su litúrgica desnudez y preparan sacrificios al dios Pan metidos en ol antro famoso que so abre allá en la escarpadura occidental del monte Palatino, sobre los vestigios y ruinas de los muros pelásgicos. Pan, el dios de los campos y de los pastores, el dios cuya vida es un idilio y cuyo cuerpo es una metamorfosis á medio hacer, eleva sobre el pedestal su cabezota de pelo crespo, arrima á sus laljios ol dulce caramillo, y con sus patas de cabra parece llevar el compás de la música. Es la providencia campestre de Grecia y de Koma; su melódica flauta congrega á los ganados y alegró á los arcaicos pastores; su estentórea voz, que la ninfa Eco repite, ahuyenta á los lobos, consterna á los malhechores, pone en fuga á los enemigos do la república, como sucedió en Maratón, donde los persas corrieron á la desbandada dominados por un terror que se llamó pánico por venir de Pan. ¡Lupercalia! Todos los sacrificios son pocos para honrar al matador de los lobos feroces y honrar á la única loba buena, aquella que amamantó á los gemelos, fundadora de Roma, y cuya estatua se eleva frente al antro lupercal dando de mamar continuamente á Kómulo y á Ilemo. Los lupercos ó sacerdotes de Pan agrúpanse en torno del dios y sacrifican una cabra y un perro; el rey de los saorificadores empuña el cuchillo I sagrado y moja con sangre las frentes de todos; quitanse luego la mancha í con un poco de lana empapada en leche, y el pontífice máximo reparte entre los circunstantes la piel de las víctimas propiciatorias. Abrense las puertas del templo, y desbordando hacia afuera la multi tud, comienzan las verdaderas Lupercahs; estupenda y fantástica procesión, que no es tal, sino frenética y loca carrera á través de las calles de Koma, i atrepellando vendedoras y transeúntes, azotando con fustas y látigos á las curiosas turbas y haciendo huir á los perros, cuyos ladridos son menos ingratos que el canto gutural de los lupercos en honor del dios Pan. Tres días vive Boma en tumulto y bullicio inacabables. Divididos los I lupercos en dos bandadas, corren frenéticos dando al aire las patas y rabos de las píeles de cabra con que apenas disimulan su desnudez; comenzados los himnos no dan paz á las lenguas, y enarbolando las fustas no dan paz á la mano. Jóvenes patricios de las mejores tribus de Koma se unen al cortejo lupercal, y apenas si pueden seguir la desenfrenada carrera á todo galope de sus caballos. Huyen de los cruentos latigazos el medroso niño, el pobre valetudinario, el perro vagabundo, pero las mujeres de Koma buscan el golpe de los látigos, creyendo que el fustazo de las lupercales hace fecundas á las estériles y felices á las mal casadas. El pueblo- rey se divierte; el pueblo- rey es dueño de la ciudad hasta caer rendido y aporreado. A no ser en esta época do libertad frenética y licencia salvaje, ¿cómo se hubiera atrevido el pueblo de Eoma 4 silbar á César, ol héroe de las Gallas, cuando Antonio en medio de unas lupercales quiso adornar las sienes del vencedor con la corona de Numa y de Anco Marcio?