Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LOS ORÍGENES DEL CARNAVAL BACCHANALIA llá en el bosque sagrado de Stimula, cercano á la embocadura del Tíber, próximo 4 Roma y aún más cerca de los muelles y atracaderos do Ostia, el puerto principal del comercio latino, óyense de noche gritos agudísimos y estridentes, golpear de músicos instrumentos, todo el jaleo y la algazara de las grandes fiestas. Las trirremes mercantes dudan en acercarse a la costa, donde tal vez les llama con pérfidos halagos otra Circe; hiiyen en todos sentidos las aves pobladoras del bosque, consternadas ante el estruendo inusitado que apaga el leve rumor de las hojas y el tranquilo correr de las fuentes; la luna, vista á través de ramas y troncos, parece un astro hecho trizas cuyos pedazos pugnan por juntarse. En el interior del bosque celébranse con loco regocijo, con furiosa alegría rayana en la desesperación y mucho más allá do los limites de la borrachera, las fiestas de Baeo, el hermoso doncel coronado de pámpanos y hiedra, vencedor de los tyrrenos, hijo adoptivo de las ninfas, rival en belleza del mismo Apolo. Fantástica procesión que parece arrastrada por los huracanes, corre por sendas y vericuetos en dirección á la estatua de Dyonisius, y sólo se interrumpen las carreras frenéticas para dar lugar á bailes epilépticos y á danzas increíbles. Armadas con el tirso, de cuya pina dorada penden cintas y pámpanos, marchan las bacantes, apenas vestidas con una piel de tigre; otras hacen sonar los címbalos, los sistros, las flautas y los crótalos. Hombres disfrazados de sátiros y silenos, coronados de hojas de vid y embadurnado el rostro con las heces del vino, alumbran con antorchas la desordenada cabalgata ó blanden las agujadas jabalinas, enfundadas de flores; turbas de- niños, próximos á entrar en las ÍDiciaciones dionisiacas, corren á vanguardia y se extienden por los flancos, sin más tra; ie sobre sn cuerpo que un cinturón con hojas de parra. Faunos y faunesas, ménades y sacerdotisas, hombres á pie ó cabalgando en burros, cierran el cortejo, y suelen á menudo quedarse atrás para exprimir en las cráteras el zumo de las uvas. V El busto del ídolo aguarda impasible sobre su pedestal á las victimas y á los sacrificadores. Cuando la turba de estos llega y se esparce en torno suyo, aumentan la algarabía y el bullicio; la fiebre do la música y de la danza contagia á los más reacios y enardece á los que ya estaban vencidos por la fatiga; el propio Z onisius parece dirigir hacia el suelo sus ojos sin pupilas, buscando en la hermes que le sustenta piernas que dancen y brazos que se agiten. Cuando el alba rompe y asoma el sol á flor de tierra, marcando en el horizonte manchas cárdenas y sanguinolentas como si rasgara el cielo haciéndole daño, sólo el dios do piedra se mantiene en pie en medio de los restos y postrimerías de la bacanal.