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Q el Cariia al se acaba y fenece como candil sin óleo; que las Carnestolendas están llamadas a. desaparecer en plazo buveí Tie ya no hay humor ni ganas de divertirse estas y otras frases parecidas salen de casi todas las bocas llegados í u dks. y preciso es confesar que no carecen de fundamento si nos fijamos en que, aparte los bailes (en que Terpsícd re ba destronado á Momo) el Carnaval de Madrid queda reducido á la simpática nota infantil, y á esa otra nota, bien poco simpática, que forman las comparsas de mendigos cojos, mancos y tullidos. En París, el Carnaval callejero es un Carnaval de anuncios y reclamos; la mascarada de éste ó del otro industrial populan simo, las carrozas de tal ó cnál almacén, llenan los airea y las aceras de prospectos y más prospectos; en los pueblos apenas si el hiffuí entretiene á la gente menuda; en provincias tan sólo destaca el Carnaval de arroyo: los hombres vestidos de ostera, los gatos crucificados en una tabla, las latas aporreadas sin compasión. Mas aunque esta pintura no sea exagerada, ¿será tan cierta la debacle del ejército carnavalesco que no le quede ni un reducto siquiera desde donde hacer los últimos disparos? Lá Europa fin de siglo, ¿no tendrá su Carnaval modelo, como le D h las edades pasadas, ya recientemente en Roma, ya antes en Venecia, ya en las mojigangas de los tiempos me iosj ys quellas bacanales, lupercales y saturnales que volvían loca durante unos días á. la humanidad del mundo clásico? Su Majestad Carnaval sigue en el ti Ji M que su trono es ambulante, porque es el trono de la locura. fe je tuvo en A t e l y en la vieja Roma, f ca almNíubierto de pámpanos y rociado con vino de Salerno; en la época medioeval lo tnvo e n pórticosji. eJos templos y el saludable rigor de la Iglesia lo echó á latigazos de allí; paSÓ también el Carnaval veneciai con susl les d iles de máscaras, sus venganzas secretas, sus orgías en el gran Canal, aquellas prolongadas Carnestoli SUiS- flraate las cuales, se aplacaba el despotismo de los Diez; el puente de los Suspiros no los lanzaba, y los venecianos finían expedita la lengua sin necesidad de acudir con quejas anónimas á la parlante estatua del Pasehino. El Carnaval romab que fué regocijo de nuestros abuelos, huyó también á todo galopar de los caballos que cruzaban y recruzaban el Corso t luces y antorchas. ¿A dónde ha ido á p a r Carnaval europeo con su marlota de cascabeles y gu gorro de colorines? Si el lector quiere acompañarme, yo léllevaré derechamente á los pies de S. M. el Carnaval el sábado pasado hizo su jT- entrada- oleníuie en! N ¡za, como la verifica todos los años desde hace algunos; su trono se elevaren medio de la plaza MassenaTaii- ni sará corta: el martes prójimo perecerá quemado públicamente entre una lluvia de flores y una graní zRíla de M jQ A Pongarrig que el CarnaviUfitesé en verano, y suponed qué sería un Carnaval en Biarritz, en San Sebastián, en cualquiera otra píaya donde concurre gente adinerada, alegre, forastera y ¡msiosá de divertirse. Con esto tendréis remota idea de lo que éS el Carnaval de Niza, cnya temperaiíira bonancible va á buscar una numerosísima colonia de invierno, compuesta de rusos, italianos, ingleses, yankées y franceses. m