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i Tí I- Es el más modesto y el más inofensivo, al parecer, entre todos los máscaras. Ni embroma á los amigos, ni presuma P o r no presumir n i aun careta suele llevar; se embadurna con su propia tizne y se envuelve en u n a colcha ó en una m a n t a que fué de Palcueia en su V. t, origen, y se dice que blauea. Nada más; ni calcetines gasta, si so quiere, ó si no quiere; alpargatas de difunto externo, esto es, que sale con permiso u n día festivo; una c a ñ a u n oordelillo atado á ella por un extremo, y con u n higo, y no de Smirna, atado al otro cabo. Y que los chicos le alcancen al salto con la boca, no con la mano, según la ordenanza que él repite de cuando en cuando: y ¡Con la mano no, oon ¡a boca si! Y marcha pausadamente, golpeando con u n palito en la caña p a r a que so agito el fruto La golosina atrae á los chicos. El máscara, cuando le capturan un higo, le reemplaza por otro y prosigue su camino á la ventura, ¿Quién sabe á dó va? ¿Quién os? ¿De dónde viene? Su misión es 7 agar y ser agradable á la infancia. Parodiando al Redentor, dice: Dejad venir los granujas á mi. Se sacrifica para costear los higos con qae ol: equ) arios. La opinión de algunos autores os que la y JÍesicu ó la. misión del máscara del ¡Al hi ¡juí! os hereditaria. El padre, al morir, cedo ios trastos alhijomayor y lo encarga que cuiupia con fidelidad la tarca. Cuando no hay hijo, pasa á otra rama de la familia. Cuando no la hay, se saca á oposi ción secreta entro los afiliados. Podrá faltar el Carnaval, pero el máscara misterioso sobrevivirá. H a y quien croe que el origen del W hombre, si lo os, del ¡Al hi. ¡iul! es remoto. Que el primero de quien se tiene noticia apareció en la India. La envidi. x y el afán de competencia ha impulsado alguna vez á los profanos á imitar al personaje fantástico, tal vez con intento do eclipsarlo. Se han lanzado con embuchados y confites en aparatos ail Iwc. Pero no han prevalecido. En ese ejercicio, como en todo sacerdocio, incluso el de la prensa y el del cante, lo principal es el estilo, la personalidad. Los hombres del ¡A. I hUjiti! ¿son seres superiores nacidos para eso? ¡Quién sabe! iErA Hrs Y HCHIITAS) (DiBDjos U K EDUAKDO D E P A L A C I O r ¡y k kt P e r o al fin todo se arregla, y á falta de Manrique, se lleva Tin Servel por aproximación, ¡cís para hacer de Ze Muerte en los lahiots y 0 Í- por esas callos. J- A otro le arreglan con unos pliegues, malla y X túnica, para que se disfrace de romano con zapatillas de torear, y u n compañero de éste deja el p a n t a l ó n en prenda de una peseta que le falta para pago del alquiler de u n precioso X vestido de mosquetero gris enlrejw. lnn. ¡Ah! ¿Y las señoritas desprendidas qr. o dejan los mantones durante algunas horas como hipoteca de capuchones para ir al baile? Algunos aficionados económicos se apañan con lo que hay en casa y se ahorran del pago J e alquileres. ¿A qué va uno? A divertirse lo más que pueda, y no á lucir, ¿no es esto? pregunta u n ciudadano, esposo político de u n a joven pantalonera do suyo. Pues yo me pongo ol mantón de aquéya y una falda y un pañuelo á la cabeza, y debajo i evo la boina, ¿te enteras? Vndo por ahí de destrozona, y al escurecer lo empeño todo y me divierto. A eya no le gusta. -Lo oreo, afirma u n compadre. -Digo esto del Carnaval, por ias Cromas: porque las hay m u y pesadas. ¡Vaya si las hay! Cada interfeto merecía más mnni nuáx Pero entre todas las máscaras, la primera de nuestras máscaras la más respetable, la quo simboliza por sí sola el Carnaval, os la de ¡Al Idguí! De ella ó do él puede decirse, como dijo el sabio X: Es u n aparato que empieza en un higo y acaba en u n hombre, ó viceversa. ¡si i í ft B