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Así se denominaba él mismo, u n sujeto de obra prima disfrazado de guerrero de la Edad de lata. -Yo soy u n m á s c a r a auténtico, u n guerrero de veras, como se usaron en tiempo del rey Don Pedro y de su amigo el Zapatero, correligionario mío en el arte; cuanto llevo encima es de época, y q ue te coste -Pero, hombre, ¿á mí c ué me cuentas? ¿Te digo yo algo de censura por si es caso? replicó u n compañero de Perico de Castilla, también disfrazado de salvaje antes del diluvio según él. ¿No ves que, aunque no quiera, tengo que chauelar de esas cosas? ¿Por qué? -Pues por nada, figúrate; como que mi padre fué m a r i n o ¿Tu padre? Mascarón de proa sería. Porque, eso si, entre eyos se t r a t a n con mucha finura y delicadeza. H a y cronistas que suponen que el Carnaval viene á menos; pero quedan mantenedores del m a m a r r a c h o a m b u l a n t e hombres de b u e n a voluntad y señoritas radicales que no dejan perder las costumbres populares. Un día es u n día, y n o h a y más que u n Carnaval cada año y es preciso aprovecharle. ¿Que n o tiene uno traje, es u n suponer, p a r a vestirse de máscara, n i zapatos, es u n decir? Pues ahí están los establecimientos dedicados al negocio. Trajes de máscara, dóminos, capuchones, caretas, es el anuncio que en estos días de Carnaval se ve en algunos comercios. El t r a n s e ú n t e e n c u e n t r a en aquellos guardarropas pintorescos todo c u a n t o necesita: Tenorios, Alvaros ó las fuerzas de los sinos, ternos de maleta con monterilla y colcha ó cobertor de paseo, algún Badil el chico de Granada con albornoz y borceguíes, pierrots, t a l cual arlequín, diablos de percalina n e g r a ó de color verde con r a b o y cuernos de lo mismo, caretas de personajes conocidos y de seres fantásticos; u n a riqueza en t o t a l E n trajes de capricho no se a c a b a n u n c a de citar modelos. Cada prenda pertenece á diferente época que l a s demás. Como decía uno de esos cabayeros disfrazados á otro que llevaba boina, m a n t o romano, botas napoleónicas y taleguilla verde con oro: -Vas bien, no t e desnudes; de índice general. En C a r n a v a l descubre sus tendencias cada cual de los disfrazados. Uno se siente moro; otro, payaso; algunos, diabólicos ó pobres diablos; otros, negros irredentos; varios, contrabandistas, ladrones de la escuela José María; no faltan Pepes de Hillo con alpargatas y taleguilla azul meana, cuadrillas de indios bravos y de gitanos, y alguna comparsa de antripófugos al decir de uno de ellos, vestido, como los demás, de titiriteros t r a s h u m a n t e s ¡Y cuánto gozan embromando á las personas conocidas! Algunos llevan vejigas p a r a sacudir con ellas en los morros á los amigos seglares con quienes tropiezan en las calles ó en el paseo; otros usan v a r a de fresno n a t u r a l ¡Qué b r o m a s t a n delicadas! -iTe conozco! g r i t a el máscara al e m b r o m a d o ¡Tú n o me conoces! Lo cual nada tiene de extraño si se mira despacio, puesto que va disfrazado. Cuando los mascarones son varios, el infeliz á quien e m b r o m a n escapa con pellejo ínilagrosamente. Le golpean, le m a n t e a n l e desnudan. Cosas de la j u v e n t u d ó de la jMmewíaí? mejor dicho. P a r a el legitimo aficionado á máscara, la t a r e a empieza en l a m a ñ a n a del Domingo de Carnaval. A las diez y a está en el establecimiento de trajes de máscara. Lleva su idea fija: u n t r o v a d o r de l a n a ó de lanas, ó de percalina, ó de lo que sea. Pero da la casualidad de que el ú n i c o Manrique que h a y disponible le viene grande al p a r r o q u i a n o Este, que es u n chico aficionado á las tablas y que siente predilección por los g a l a n e s románticos, se desconsuela.