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El momüiito de dosoaiiso os una nota do inmensa ternura. En cuanto calla la orquosta, las parejitas desenredan sus brazos, que se ceñían mutuamente como sarmientos nuevos, y damas y galanes corren tumultuosamente á sus madres pidiéndolas tres cosas: agua, un beso y un. caramelo. Después, satisfechas sus necesidades, se desparraman por el salón como un tropel de pájaros que ya se engulló sus granos y migas, tirando de sus padres, del aya, de la institutriz, para presentarles al caballerete ó á la señorita con quien acaban de danzar y ofrecerle un bombón. A la salida, una señora rígida y seca, de pelo blanco y de cara de aya inglesa, con anteojos de oro, va y viene y viene y va como un torbellino de chiquillo en cliiquillo, arropándolos bien, subiéndoles la toquilla, el embozo, la capucha, azuzando á los padres para que metan pronto en los coches á los muchachos. Y la pobre anciana no cesa de decir á unos y á otros, sin que casi nadie la escuche: -jAh, SÍ: A mí me llamáis ridicula, y ñoña y exagerada; pero todas esas mujeres andrajosas que os esperan á la puerta con pretexto do pediros una limosna, aguardan á vuestros hijos. Son la difteria, la escarlatina, la neumonía, la meningitis La buena señora que salo á la defensa de sus niños se llama la Higiene. A RETRATARSE El Carnaval do los niños termina en la fotografía de Napoleón. Después del triunfo obtenido por las máscaras eu capullo de casa en casa, en el Prado, en el baile, es preciso conservar de alguna manera tangible el recuerdo de su linda persona; no hay otro remedio que retratarlos, y retratarlos con colores, estereotipando para siempre la sonrisilla do Pierrette ó la de Pierrot. De ordinario es empresa difícil conseguir que los chicos se estén quietos ante la cámara obscura. Aquella cosa de tres patas, aquel hombre que se mete bajo el paño negro ¡espantoso! Las galas carnavalescas les sujetan un poquito. La perpetua sirena de la vanidad ejerce inñuencia hasta en sus almitas dormidas. Además, los yu- ogresos de la ciencia han abreviado las dificultades do la delicada operación, y la moderna máquina instantánea reproduce por sorpresa lo mismo la picaresca fisonomía del inquieto y revoltoso Mefistófeles, que la tranquila delformalote monago, que aparecen al frente de estas líneas. La jornada magna comienza para el daguerreotipo el dominKo de Piñata. A partir do ese día no se da punto de reposo, y es incalculable el número de caritas de ángel que reproduce sin cansarse. Si fuera posible comprobarlo, se vcria que no hay rostro de niño que no se lleve un beso del cristal. ¡Caprichos de la casualidad! Un día lúgubre, nuestros abuelos maldijeron el nombro de Napoleón; y andando los año ose mismo nombre deNapoleón os adorado por los nietos do los quo fulminaron su anatema contra el capitán del siglo. Un pedacito de cartulina con el artisico retrato de Luisito, ó de Manolín, ó de Josefinilla, vestidos de petimetre ó de manóla, ha hecho el milagro. ALFONSO P É R E Z N I E V A (Fotoijrafias yapoUó- u. é hijo.