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su Manolin. E s u n a nianiíestación llena de encantos del amor m a t e r n a l do ese a m o r concedido á E v a como ú n i c a compensación al perdido paraíso, y que hace ver su Mjo á cada muj e r como superior á los de las demás. Empieza el espionaje de las vecinas con pretexto de q ue deben visita, y aquí de los apuros de la dueña de la casa p a r a que no a t i á b e n l o más mínimo. ¡Escoged esa chupa, que no la echen el ojo las de arriba! ¡Las de abajo vienen á enterarse p a r a i m i t a r al nuestro y darse cubrir de besos á su sargento Federico. ¡Qué desgracia, Dios mío, si las madres no tuvieran boca! EN EL BAILE E n el vestíbulo del edificio n o cesan de pararse los coches; cada carruaje vuelca un puñado de alegría. En cuanto se pisa la sala, siente uno en su alma cansada u n dulce calor que le i n u n d a de placidez: es que el airo está lleno de caricias puras que vuelan do u n a parto á otra. P o r todas l: luego t o n o de que hemos coincidido casualmente! ¿Pensarán las de al lado transformar en M a r g a r i t a a l a suya, que es más negra que u n moro? Y señora y h e r m a n i t a s y doncellas, todo el mundo á g u a r d a r Ja ropa antes de que las fisgonas de confianza so cuelen en el improvisado obrador. P o r q u e a l a mayoría de las criaturas les arregla las prendas do la dicha la mano de m a g a do l a madre, que en cuanto atañe á su hijo posee u n a varita de virtudes en cada dedo. Los que no tienen pájaros en la j a u l a no conocen esta i n m e n s a felicidad. A l terminarse el vestido de máscara, los carrillos del pequeño h a n pasado de rosas á amapolas. ¿Que se concluyó la easaquita partos se 03 on s a r t a s do risas frescas, trinos do pájaro nuevo, vocecitas finísimas de hilo de agua, balbuceos de burbuja de a r r o y o todo se vuelven mejillas de rosa, carrillos de amapolas, guedejas rubias, miradas celestes. La concurrencia tiene el adorable atractivo do los capullos. Cuando la música cesa, dominando los charloteos, los gritos, las toses, produciendo u n leve crujir de seda, so oye el r u m o r do muchas alas de ángel. Es u n público virgen, recién abierto á la vida, que no ha derramado aún u n a sola lágrima amarga. Allí, a m o n t o n a n do épocas y siglos, pasean Margaritas, Isabeles de Marsilla, E e i n a s Católicas, damas do la Edad Media, damiselas LiV do terciopelo? A probársela. Le sienta primorosam e n t e U n a arremetida do besos. ¿Que se r e m a t ó el calzón de rase? A ver si lo cae bien. ¡Admirable! Otra sarta de besos. ¿Que el peluquero mandó la peluca blanca y el sombrerero el tricornio? ¡Ea! Lo mejor os que se ponga los arreos completos. ¡Monísimo! Una figura de c h i n a del g a b i n e te, que ha cobrado vida de pronto. L a sastra improvisada sonríe con enajenamiento satisfecha de su o b r a é impulsada por su entusiasmo, no se cansa de do la pasada centuria, u n aluvión de campesinas alsaoianas y de madrileñas manólas, revueltas y acomp a ñ a d a s de Tenorios, do capitanes Centellas, de oficiales de los tercios de EJandes, de mosqueteros, de majos, de petimetres, do bandidos célebi os, de otra i n u n d a c i ó n de aldeanos y toreros. A lo mejor, Catal i n a de E u s i a se incomoda con Pra- Diavolo, y la sober a n a llora por u n lado y el capitán de ladrones por otro, y no es raro que Mar i a n a P i n e d a t i r e de las barbas á Carlomagno.