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GALERÍA DE TIPOS EL HOMBRE PLACIDO Asi como existe (y queda descrito en uno de los artículos anteriores) el discutidor sempiterno, el que tiene siempre la palabra eu contra, el que no está n u n c a conforme con n a d a n i con nadie, el espíritu de contradicción, en suma, existe también, como lógico y necesario contrapeso, el hombre fino, amable, bien educado, complaciente, conciliador, plácido, en u n a palabra, que j a m á s discute n i disputa con nadie, y que, por el contrario, se muestra de acuerdo con todas las opiniones, por absurdas y disparatadas que sean. Los h. om. hves plácidos son u n a bendición de Dios para los hombres vulgares, p a r a aquellos que atienden sólo á la superficie de las cosas y de los caracteres y n o se c u r a n poco n i mucho del fondo, del móvil de las acciones y de la razón de los hechos. E n esta g r a n comedia h u m a n a hay dos clases de actores: -los que instintivamente representan el papel que les ha cabido en suerte con arreglo á su educación, á su temperam e n t o y al medio en que viven, dentro de l a naturalidad y de la verdad absolutas, y los que, más listos y más CMCOS que los otros, h a n estudiado el t e r r e n o que pisan y se h a n repartido á sí propios el papel que más encaja en sus condiciones y que mejor efecto puede causar en el g r a n auditorio. Indudablemente, el papel más agradecido, más provechoso y m á s fácil de representar, es el de hombre fino, condescendiente, Zac do Esos hombres que j a m á s se alteran, que n u n c a l e v a n t a n la voz, que toman como chisces de b u e n a ley las majaderías de los necios, de fisonomía e t e r n a m e n t e risueña y de benevolencia corrosiva p a r a las ajenas flaquezas, son encantadores, adorables en grado sumo y entre los infelices y los tontos tienen mucho partido. E n t r e esa gente, el hombre plácido goza de g r a n reputación. ¡Qué b u e n a persona es D. Fulano! ¡qué fino es D. Fulano! ¡D. F u l a n o es u n santo! etc. etc. Y efectivamente, l a superficie de D. F u l a n o parece la de u n ángel del Paraíso. M i e n t r a s n o ten; sra usted que t r a t a r con él n i n g ú n asunto de interés, todo irá á pedir de boca. P a r a la conversación frivola y superficial, es inmejorable. Ser u n gran agradador de todos los Segismundos es el sueño dorado, el ideal, la meta del tipo objeto de estas cortas líneas. Nadie se p a r a á discurrir en q u e u n o a r á c t e r s i e m p r e i g u a l sin incorrecciones y sin curvas, sin accidentes y sin peripecias, sin altos y bajos, a l t e r n a t i v a m e n t e puede ser o b r a de la hipocresía ó de la perfidia, ó de ambas cosas j u n t a s L a adulación suena bien en casi todos los oídos, y el hombre complaciente y adulador hace su camino en esta sociedad especialísima que alcanzamos. El atento observador descubre pronto la hilaza del hombre plácido; pero, p a r a dicha de los plácidos, no a b u n d a n los observadores. Eso de seguir la corriente por sistema contra viento y marea, al objeto de a g r a d a r e t e r n a m e n t e lleva á contradicciones peregrinas y se presta á escenas cómicas de grandísimo relieve. E s t a n d o en el secreto, se puede pasar u n r a t o divertido á costa del h o m b r e complaciente. Se le paede obligar, por ejemplo, á manifestar en el espacio de u n cuarto de hdra dos opiniones diametralmente opuestas y antitéticas entre sí, sobre u n mismo objeto ó sobre u n a misma persona, sin que él se aperciba siquiera do la contradicción. Podría dispensarse como h u m a n a debilidad la complacencia de mi tipo si no tuviera más alcance que el lícito deseo de agradar; pero ¡ay! n o es asi. El sistema del hovahreplácido tiene más alcance que u n fusil maüser El b. ombTe plácido le adula á usted y le da l a razón en todo, a u n q u e discurra usted como u n marmolillo, á condición de que usted le sirva en l o que él necesite, le atienda e n sus caprichos y c o n t r i b u y a en la medida de sus fuerzas á c u a n t o pueda convenirle. E n las visitas, en las tertulias, en las reuniones, representa u n g r a n papel el h o m b r e plácido. Es esperado con impaciencia y recibido con entusiasmo. También tiene sus momentos de apuro; que todo oficio t i e n e quiebra. P o r ejemplo, cuando llega á determinados sitios en el momento en que se desarrolla u n a agria y t r e m e n d a disputa y le toman por arbitro de la cuestión. A