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Á OCHO DÍAS VISTA Llh- Bien empieza el año. -Tremía y inartes. Los granos en el Gobierno. -Ducados y demás. Lo de la embajada. El derecho de gentes. -La cuesllón en el Congreso. Los padres de Ja patria y de todo el mundo. Rivalidades de oficio. EC Retiro del Carnaval. -Batalla de flores. Sus ensayos en las CáuDaras. -Góndolas en el estanque. Los con eWi. -El Corso. Los reyes del Retiro, las Aeras y el Ángel Caido. Bu el solar de la Cibeles. T a l se suceden, empalman y se alcanzan los conflictos en lo qne va de año, que ñ a y p a r a ver en todo ello, no ya la lógica consecuencia de haber empezado en m a r t e s el año actual, sino u n a larga y abrumadora sucesión de martes y de treces como si la semana n o se formase más que de aquellos días y en el mes n o h u b i e r a m á s que estos números. T a n fea, grave y a p r e m i a n t e se puso l a cuestión de los granos, que u n m o mento creímos en la ineficacia de todo remedio p a r a aquel cúmulo de ántrax, diviesos, panadizos, abscesos y otros malos granos en que se trocaron, por la mala encarnadura del Gobierno, los buenos g r a n o s de Castilla. T a n complicada estuvo la cuestión de los ducados, que en aquel bosque inmenso de r a m a s entronques, raices, etc. etc. creímos que D. Práxedes acabaría por ser ahorcado, aunque ya sabíamos que él y Maura, siguiendo el laudable ejemplo de Bertoldo, n o h a b í a n de e n c o n t r a r árbol genealógico donde ahorcarse. Todo aquello pasó. Gracias al u n g ü e n t o blanco, salió el Gobierno de todos sus granos peligrosos; gracias á l a elasticidad y salero gimnástico, logró pasar por todos los aros de todas ¡as coronas habidas y por haber. P e r o todo ello n o valía n a d a j u n t o al conflicto inusitado y tremebundo que el Destino (ese Destino mayúsculo que no se a p o y a en n i n g u n a credencial) u r d í a solapada y a r t e r a m e n t e Cuando más regocijados estábamos con la amable visita de la embajada marroquí, y con mayor fruición devorábamos los curiosos pormenores que sobre la oración, la comida, el lenguaje y la vestimenta de nuestros huéspedes nos daba la prensa del día en pintoresca crónica que bien podríamos llamar Las mil y una noches de la embajada, he aquí que la m a n o de u n caballero se dirige hacia la mejilla del embajador y vemos por el suelo maltrecho, destrozado y hecho jirones, no ya el derecho arancelario como en la cuestión triguera, n i el derecho de Partidas como en el problema nobiliario, sino el antiquísimo, sagrado, r a c i o n a l y consuetudinario derecho de gentes. L a que se armó en el Congreso n o es p a r a dicha.