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LOS É X I T O S FRÉGOLI La cara enjuta, angulosa, el mirar vivísimo, la fisonomía movida y graciosa del artista italiano, sus maneras y sus poderosas aptitudes imitativas, traen á la pereza del recuerdo la figura de nuestro inolvidable Ricardo Zamacois. Porque á Fre goH se le admira más como artista que sabe sentir á trave s de distintos temperamentos, viviendo la vida de todos los tipos, que encarna con admirable maestría, vaciando en ellos todo su talento, se le admira más, decimos, que como poseedor del raro privilegio de disfrazarse y cambiar de trajes con una rapidez increíble. Con ser ésta una habilidad muy digna de apuntarse, nos place mucho más considerarle como un consumado actor que interpreta todos los sentimientos, conduciendo al espectador á donde su ánimo le viene en gana, tenie ndole esclavo de sus gracias y de SMjlexibüidad artística, que le permite recorrer, como Tenorio, toda la escala social. Frégoli, como italiano, es altamente supersticioso; no tanto como la Calvé, pero lo bastante para creer que su buena suerte la debe á una herradura que lleva siempre sujeta al cinturón, de la cual no se desprende nunca. Es para él un amuleto tan poderoso, que habiéndosele extraviado en cierta ocasión, estuvo muy preocupado dos ó tres días porque la suerte no le proporcionaba ninguna. ¡Parece mentira! Porque hay que advertir que la herradura ha de encontrarse casualmente; en el momento que uno se dedique á su busca y captura, pierde su virtud. Cuando Frégoli cayó soldado, la suerte le envió destinado á las posesiones que Italia tiene en África. Allí, en aquel campamento y para distraer los ocios de aquella población militar, se construyó un teatro donde los oficiales, dando de mano á las tareas de la vida militar, representaban las obras más en moda. Frégoli, con su decidida afición al teatro, era el héroe de aquellas veladas que disipaban en parte la nostalgia de la patria y descansaban al soldado de las faenas del cuartel. ü n día, los principales actores de aquella compañía se indispusieron, y la función anunciada se suspendió; pero no contaban aquellos oficiales con la huéspeda, como se dice vulgarmente, y la huéspeda fué Frégoli, que se presentó al general y se comprometió á representar una obra que él habia escrito titulada El Camaleonte (la misma en la que el público de Madrid le aplaude todas las noches) y en la que hacia cinco personajes. El general lo tomó á broma, pero bien pronto se convenció ante el éxito de aquel soldado, que interpretó á maravilla, aunque no con la perfección de hoy afianzada por la práctica, los distintos personajes del marido burlado, la esposa infiel, el amante atrevido y el criado que de nada se entera, personajes de la comedia El Camaleonte. Aquel éxito valióle á Frégoli señaladísimas distinciones y la presidencia de una comisión ¡hasta en África hay comisiones! de espectáculos. Frégoli volvió á su país, después de haber puesto en juego sus aptitudes envidiables, con una fortunita de 25.000 francos, mochila más sólida que la que como soldado llevó al África; y en Roma, entre infames aventuras, dejó su hacienda toda, lo que le obligó á emprender por el año 92 una campaña, con próspera fortuna, acariciado por los aplausos de todos los públicos y mimado por tolas las empresas. Entre los infinitos episolios ocurridos en su vida de artista, cueata uno muy curioso y que motivó en parte su decidida afición al teatro. Antes de salir como quinto para África, y estando en Bolonia, pidió permiso al teniente de su compañía para ir á un baile de máscaras, permiso que no le fué concedido, pero que no fué obstáculo para que Frégoli, vistiéndose de mujer y saltando por la ventana de un dormitorio, tomase un coche y se presentase en el baile cuando estaba en todo su esplendor. El teniente estaba en el salón, complicado con unas máscaras que le envolvían entre risas y bromas. Frégoli se acercó, consiguió llevarle con él, que le hiciese el amor por todo lo alto, y que le pagase la cena, el champagne, etc. Cuando salieron del baile y tomaron un coche, Frégoli dio al cochero la dirección del cuartel, cosa que no pudo menos de asombrar al teniente, que esperaba el resultado de aquella aventura. El coche se detuvo; habían llegado. Mientras el teniente pagaba al cochero, Frégoli trepó por el mismo sitio por