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El n e g r o era fuerte y bravo y dominaba por estatura á su rival, aunque éste era t a m b i é n buen mozo. Domínguez no era flojo, y suplía con la grandeza de corazón la diferencia de estatura. L a lucba se prolongó h a s t a diez m i n u t o s Tomás no conseguía sorprender á su contrario. Siempre e n c o n t r a b a el maoliete de Manuel, que par a b a los golpes y amenazaba con herirle en el corazón ó en la cabeza. E n u n momento se revolvió el negro, saliéndose de línea p a r a t i r a r u n golpe á Manuel Domínguez. Cuando el señor M a n u e l Domínguez contaba este lance, se enternecía. ¡Pobre ciyo! decía. No me separé de su vera h a s t a que m u r i ó Ahí en el c i n t o e n c o n t r a r á s u n a s cuantas onzas de oro, me dijo; son p a r a ti; consérvalas como recuerdo. Y añadía: -Era u n valiente y m u y duro, y me costó trabajo defenderme. Pero r a r a vez c o n t a b a estas cosas el señor M a n u e l Domínguez, y solamente á sus amigos íntimos. P e r o éste evitó el ataque, y al mismo tiempo hirió m o r t a l m e n t e al negro. ¡Me has matado! murmuró Tomás, cayendo desplomado. Manuel se aproximó con cautela, temeroso de u n a traición, porque conocía á los valientes P e r o convencido de la verdad, arrojó el machete y se aproximó al negro, que se desangraba. -Eres u n bravo, dijo éste. Me has m a t a d o en b u e n a ley, y n o quiero que te separes de mi h a s t a mi último momento. ¡Pobre señor Manuel! En los últimos años no t e n i a más amigos, y a r e t i rado del toreo, que D o m i n g u i n y su compadre: dos valientes de Sevilla, los dos de c o r t a e s t a t u r a El señor Manuel iba siempre en medio, como el b u e n mozo de la t r i n c a Eueron los t r e s últimos ejemplares de sombrero caíanos y chaquetiya que pasearan por la calle de las Sierpes y e n t r a r a n en, el Suizo. EDUARDO DE (DIBUJOS DB HUERTAS) PALACIO