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-Ande y avíselo que quiero verle u n amigo. -No sé si querrá venir. -Ándele, si no quiere el hijo do la gran señora que le corte n n a oreja p a r a principio. -El negro no volvió á replicar, y salió para avisar al terror de la comarca De u n salto se ochó al suelo, y dijo á uno do los peones: -Lleva oso caballo á la cuadra y cuídalo, que es de t u amo. -Aquí no hay más amo quo yo, refunfuñó ol negro. -Eso lo veremos, replicó Manuel. A: ío se hizo esperar, que á poco volvía ol emisario con Tomás, y ésto p r e g u n t a b a al roción llegado: -f, Es su mersé quien busca á Tomás? -Yo mismo, respondió Manuel, mirando con arrogante impertinencia al negro. ¿Y qué se lo ofroso, mi amigo? -Poca cosa. Vengo á encargarme do too esto. ¿De qué? preguntó el negro, al tiempo quo clavaba una mirada terrible en Manuel. -Do too, repitió el desconocido. liOS peones, también negros, m i r a b a n con asombro al jinete. ¿Conque á quitarme el puesto? preguntó riendo ol mayoral. -Eso mismo, amigo, afirmó Domínguez. -Bájese, bájese do la j a c a y hablaremos, dijo Tomás sonriendo, como si lo hicieran cosquillas on el estómago con u n cortaplumas. Manuel n o fué tardo n i perezoso. -Hablaremos solos. -Hablaremos. Y sin decir más palabras, echaron á andar los dos enemigos en dirección á u n cerrillo quo so veía á cort a distancia. Traspusieron ol cerrillo y fueron á p a r a r en una plazoleta n a t u r a l rodeada de árboles. Los peones siguieron con la vista á los dos hasta quo desaparecieron. ¿Qué será oso? p r e g u n t a b a u n o ¡Qué va á ser! replicaba otro. Quo luego enterraremos al extranjero. P a s a r o n algunos minutos, y n i n g u n o volvía. Sin p r o n u n c i a r palabra, Tomás y Manuel Domínguez, cuando so vioron solos, tiraron do machote y empezaron á pelear.