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y bestias, con perdón. T gracias á. c ue este coche no es una diligencia, y que la señorita sola con su doncella no es una gran carga! ¿Hay muchos ermitaños en las cumbres? -Abora, nada más que cuatro ó cinco. ¡Vivirán en unos sitios muy abruptos! -Entre peñas. T son tan felices con su casita, su ermitilla, su huerteeito y su azadón. -Si no me urgiera llegar al pueblo en seguida, les haría una visita. Deben de resultar muy simpáticas esas habitaciones colgadas en las rocas como los nidos de las águilas. -Pues aunque usted no quiera, no tendrá más remedio que visitarlos, porque ya pareció el peine. ¡Eecontra! ¡Vaya un relámpago! ¡Jesús, Maria y José, qué trueno tan horrible! ¡Otro! Ya llueve; los caballos se me plantan. ¡Ahí va el diluvio! ¿Qué hacemos? r- -Arrea, y á las ermitas. -Crei que nos daria tiempo de llegar, pero la tormenta se ha anticipado. ¡Qué modo de diluviar! ¡Coronela! ¡Kecluta! ¡El viento: eso nos fal- taba! iir- -Bajo ese cobertizo, al abrigo del huracán, puedes acomodar el coche y los caballos hasta que pase la turbonada. En cuanto á usted, señora, y á su doncella, pueden esperar aqui en mi humilde albergue. Siento no ofrecerla más comodidades que este banco de tabla y esta mesa de pino, pero ya comprenderá usted que una ermita no es ningún palacio. ¡Esa voz, esa cara! ¡Pero no, no es posible! XJn techo bajo el que defenderse de la lluvia tiene ahora más precio que el mejor áieázar. ¡Se han librado ustedes de buena! ¡Mire u ted cóji. o troncha el aire los árboles! Pues todo eso rueda por el camino abajo. ¿Pero aqui estaremos seguros? -Ño tema usted nada. La tempestad nos conoce y nos respeta. ¿Cómo averiguaría yo? ¿Es usted del país? -N o, señora. -Perdone mi curiosidad y mi indiscreción si me entro por su vida sin detenerme su misterio! ¿Usted se llamó en el mundo Juan de Leiva? -No, por cierto. ¡Ha permanecido impasible á pesar do lo brusco de la pregunta! ¿Si no será él? ¡Pero es tan portentosa la semejanza! Dispense usted y no lo tome á mal. Mo recuerda usted á un pobre amigo de mi juventud, una fecha triste. -Es que el sufrimiento da á todos! os rostros la misma expresión. ¡Todos los que lloran se parecen! -En su acento de usted se adivina una gran amargura. Siento haberla revuelto. ¿Se va el turbión? -La ventisca es menos fuerte. Dentro de una hora podrá usted continuar su viaje. IV ¡Es ella, sí, es ella! La conocí en cuanto se quitó el velo de su sombrero. ¡Qué hermosa está! ¡Parece que no ha pasado ni un año por su rostro! Y por su parte también me reconoció en seguida. ¡G- racias á que en mi espl- ryca é i ritu, robustecido por la penitencia y fortalecido por la soledad, hallé fuerzas para cubrir mi cara con una máscara! ¡Por un instante creí que me vendía! ¡Sus ojos me penetraban hasta lo más recóndito del alma! Dios no me ha abandonado: la tentación pasó. V- ¿Era ella? -Ella, hermano. ¿Venciste en la prueba? ¿No se ha vuelto á encender la ceniza? -Apagada está para siempre. Ya no tengo más amor que mi campana. ALFONSO P E R K Z NIEVA (DiBüJOí na MARTÍNEZ ABADKS)