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-Ya reclamamos; pero nos dicen que en estos dias en q ue no luce el sol, cómo quero mos que luzcan las modestas bombillas de incandescencia. El teléfono c a m p a t a m b i é n por sus respetos, ¿Central? decimos oprimiendo el b o t ó n Y en l u g a r de l a YOZ de l a telefonista comenzamos á oir el antipático cascabeleo de ese guisante, que se mete hasta las e n t r a ñ a s ¿No contestan? ¿hay cruce? ¿está i n t e r r u m p i d a la comunicación? Sigue el guisante y c o n t i n ú a el silencio; h a s t a que soltando los auriculares nos consolamos pensando que es m á s cruel la incomunicación de los pobreoitos de Eeinosa y del puerto de Pajares. E n los centros públicos, como en las oficinas particulares, se t r a b a j a poco. H a y goteras, y si gutta cavai lapidem, ¿qué no h a r á en los expedientes y en los libros de escritorio? L a pizarra de Telégrafos. ha tenido muchos dias este letrero: Incomunicación absoluta con todos 1 js centros. -Va á ser cosa de llegarnos al juez de guardia, decía u n corresponsal de provincias. ¿Para qué? -Para que nos l e v a n t e l a incomunicación. Yo supongo que cuando el pío lector pase sus ojos por estas líneas y a h a b r á escampado; pero do todas suertes, ¿no es cosa b i e n t r i s t e que á fines del siglo X I X vivamos todavía pendientes de u n a corazonada del Verdadero Zaragozano? L a crisis presidencial francesa vino á sorprendernos en medio de los charcos. Y ¡vive Dios! que en semejante atmósfera de frío y de humedad necesitábamos u n a impresión como aquélla fuerte, t ó n i c a y r e c o n s t i t u y e n t e Y a hubo tema de conversaciones, paliques en las tertulias y discusiones en l a mesa del café. -La caída de Perier, decía u n diplomático echando el café del plato á l a taza, n o puede ser más grave. ¿Se h a hecho daño? -Grave p a r a la República. Conforme están los ánimos en Erancia, se impone u n dictador. ¡Ah, si viviera Boulanger! P e r o h o y p o r hoy- No h a y más que mozos de t a h o n a L o s r u m o r e s más absurdos so propalaron, como siempre, ent r e t e r r ó n y t e r r ó n de azúcar. Quién decia que el duque de Orleans estaba y a á l a s p u e r t a s de P a r í s dispuesto á entrar, a u n q u e fuese por la gatera; quién que los socialistas estaban dispuestos á faltar á l a r e u n i ó n hast a el extremo de convertir l a Asamblea N a c i o n a l en o t r a Cámar a de los Comunes; otros afirmaban que l a m a n o de A l e m a n i a a n d a b a oculta en todo ello y que la solución se v e r á dentro de tres años, lo mismo que el jeroglífico de Dreyffus. L a situación expectante duró bien poco. E n menos que canta u n gallo (y este gallo es el de la República vecina) supimos la dimisión de D u p u y la crisis presidencial, las m a r i m o r e n a s socialistas, la r e u n i ó n de Versalles, las luchas, las votaciones, los empates; y al fin, l a elección de ÜI. Eélix Paure. De l a p o l t r o n a de H a r i n a sube al sitial más alto de l a R e p u blioa. E s t a elección es u n argumento m á s p a r a los que creen que allí el Estado se e n c u e n t r a con el agua al cuello. P e r o ¿quién más propio que u n ministro de M a r i n a p a r a regii el consabido timón de la n a v e del Estado? M. Eaure os práctico en M a r i n a y entiende, por lo t a n t o la aguja de marear; M. Eáure ha sido armador, y conocerá, por consiguiente, quiénes, cuándo y cómo pretenden armarla; su nombre t e r m i n a en u n a incóg nita, y es m u y difícil que el socialismo parisiense l a despeje. -Y á todo esto, siguen diciendo los grandes políticos de café, y o no m e explico a ú n la dimisión del nieto de su abuelo. ¿Que no? P u e s b i e n claro lo h a dicho el hombre; se conoce que lo t e n í a n h a s t a m á s a r r i b a de los pelos. -Eso es v e r d a d y cuente con que si llamándose Casimiro ha visto lo que h a visto M. Perier, si se llega á llamar Del todo- miro, ¿qué cosazas n o h u b i e r a n distinguido sus asombrados ojos? LUIS E VILLANÜVA m R rT R nn CILLA) T T. O