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¿Se va á morir? -Todavía no, pero tiene un ojo echado á perder. -Que se lo saque. ¡Jesús! ¡Ea! Yo no puedo ir allá porque estoy resolviendo cuestiones de familia. -Pero- -Le daré á usted una receta de un cocimiento de mi invención para que se Ijañe el ojo. Y extendió una receta. Yo corrí á la botica y dije al farmacéutico: -Háganme ustedes esta medicina inmediatamente. El aludido miró la receta y preguntó: ¿Trae usted frasco? -lío, señor; póngalo usted. -Eso será si quiero. ¡Naturalmente! -Porque yo no admito imposiciones. -Hace usted bien, dije yo. Y fui á sentarme en una silla; pero me dejé caer con demasiada fuerza y la desencuaderné toda. El boticario lanzó un terno y vino hacia mi furioso. Yo de un salto me coloqué en la puerta de la botica, á tiempo que entraba un sacerdote. Chocamos ambos, y el sacerdote fué á dar con la cabeza contra la vidriera, rompiendo un cristal. (DIBUJOS DK M B C A C H I S) Irritóse de nuevo el boticario; yo di mis disculpas; al sacerdote tuvimos que levantarle entre los dos porque so le habían enredado los manteos en las piernas y además tenia la cara tapada con el sombrero de teja; y restablecida la calma, esperé que me hiciera la medicina para ol ojo de doña Bruna. -Ya está, dijo el boticario colocando una botella sobre el mostrador. ¿Cuánto debo? pregunté tímidamente. -Cinco pesetas. Saqué el único duro que llevaba en el bolsillo y lo puse junto á la botella. El boticario miró el duro; después, dirigiéndome una mirada de ira, gritó: ¡Este duro es falso! ¿Falso? ¡Vaya usted á engañar á otra parte! -Pero- -Y á ver quién me paga ahora esto cocimiento, que no me sirve para nada. -No se apure usted. Yo lo pago. -Pues venga otro duro. -Iré por él. Y no permito que dude usted de mi honor, caballero. To soy una persona docente, incapaz de hacer negocios con moneda falsa. El cura y el boticario se miraban como dudando de mi ñonradez. Aquello me sublevó la sangre, y salí de la botica dispuesto á i r á mi casa y desvanecer las dudas de aquellos dos sujetos con un duro legítimo y hermoso. Pero en el camino tropecé con un compañero de oficina. -Me vas á hacer un favor, le dije. ¿Cuál? -Prestarme un duro. Tengo que recoger- -No me digas más. Toma. Y me dio el duro. Con él me fui á la botica. Allí estaban el cura y el boticario poniéndome como ropa de Pascua. -Se conoce que es un bribón, decía el primero. -Un tunante, añadía el segundo. ¡Hay cada pillo en este Madrid! En aquel momento entraba yo con mi duro, y revistiéndome de la mayor solemnidad y dirigiendo á ambos una mirada altiva, arrojé la moneda sobre el mostrador diciendo: -Aquí está el duro. El boticario lo miró atentamente; ol cura se puso los anteojos para inspeccionarlo á su vez, y ambos, con acento de profunda sorpresa, exclamaron á dúo: ¡También es falso! ¡Y lo era efectivamente! LUIS TABOADA