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DEL DIARIO DE UN INFELIZ or qué se oelDa en mí la desventura? ¿Por quéí ¿Qué he hecho yo para que me trate asi la Providencia? Yo soj un hombro de buenas costumbres; yo no fumo, ni bebo vino, ni me entrego á otros plaoerrs que rechaza la moral; y, sin embargo, casi siempre me sacan cortos los pantalones y hago la digestión con mucho trabajo y tengo un aliento asaz desagradable. Para colmo de desventuras, estoy enamorado de Serafina y ella no so decido á corresponderme. Ayer tuve un dia fatal. Pui á visitarla y so me enrodaron los pies en el felpudo del pasillo, cayendo de bruces sobre doña Bruna, la mamá de Serafina, que había salido á abrir. -jBruto! me dijo la pobre señora llevándose las manos al ojo derecho. -Perdone usted, c o n t e s t é yo con acento suplicante. Serafina me lanzó una mirada de hiena- y fué á socorrer á la mamá, que tenia el ojo ámedio abrir y exhalaba hondos quejidos. Entre Serafina y yo conseguimos que abriese el ojo. ¡Qué desgracia! Se le había quedado como una almeja por efecto del golpe, y Serafina comenzó á dar gritos y á dirigirme denuestos. ¡Por usted suceden estas cosas? ¡Por usted va á quedar desfigurada mi mamaita! -Serafina, tranquilícese usted; no es nada lo del ojo, decía H V yo todo aturdido. -Vaya usted á buscar un médico, ¡pronto! ¡Ay! exclamaba doña Bruna tirándome pellizcos y dándome patadas silenciosas. Coo- í el sombrero para dirigirme á la calle, pero en la escalera tropecé con un chico de siete años que subía conduciendo un botijo; derribé á ambos, y el primero rodó cuatro escalones, hasta llegar al portal, donde quedó boca arriba hecho una rana. Salió la portera furiosa gritando: ¡Hijo de mi corazón! ¿Quién te ha tirado á ti? -Ese señorito, contestó el muchacho vertiendo lágrimas com. o judías. La portera, lo primero que hizo fué pegarme con el puño cerrado en la boca del estómago; después llamó al marido, que es albañil irascible, y entre los dos me querían matar. A duras penas conseguí desprenderme de sus garras, y llegué á casa del médico, que en aquel instante se dedicaba á regañar con su suegra y tuvo que suspender la operación para recibirme. ¿Qué hay? me dijo con mal talante. -Que venga usted á casa de doña Bruna, corriendo.