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dación, y prefirió que Sandalio fuese poco á poco, por método analítico, descubriendo hoy el teorema de los alijos, mañana el postulado de los sobornos, y pasado mañana el axioma siempre fecundo de la impunidad. Y todo esto por sus pasos contados, comenzando por la introducción vulgar y plebeya de huevos ocultos en la ropa, para concluir por la defraudación á la alta escuela con glosas, comentarios y escolios en la gran casa de la Villa. Pues, amigos de Dios, á los quince días de estar en la corte Sandalio, y sólo orproiar sus agallas, encargóle su tío que trajese desde Vallecas á, Madrid una docena de perdices del páramo, muy lindamente colgadas de los lomos del mozallón á, guisa de cinto de salvaje; y para darle una lección de topografía, llevóle el tío por la tarde á. Vallecas, haciéndole medir detenidamente el terreno que era menester cruzar para ir desde aquel punto hasta la calle de Hortaleza. ¿Ves? decía el buen señor; por aquí derecho vas en un instante; llegas al Eetiro, saltas la cerca, te metes por tal y cuál parte, y en menos que canta un mirlo te encuentras conmigo en la Cibeles. Pues, amigos de Dios, Sandalio se quedó en KitA Vallecas en casa de Bleuterio Villota, que era el encargado de las perdices consabidas, y el tío hizo como que se volvía á Madrid, pero también se quedó en aquel lugar con ánimo de ver cómo se las había el chico en aquella su primera aventura. Dieron las dos de la mañana. Sandalio cargó con su mercancía, y animosamente cruzó praderas y eriales, saltó zanjas y arroyos y llegó 1 al Retiro. Entró en el jardín, recorrió media 9 9 V docena de paseos, y pronto se halló perdido entre los laberintos de aquel bosque. ¡Por aquí no es! decía; y daba media vuelta á la derecha, siguiendo otra calle de árboles. ¡No, pues por aquí tampoco! Y volvía á i deshacer lo andado y á meterse por nuevas y obscuras encrucijadas. Por fin, después de media hora de vagar sin tino por aquellas soledades, topó con una verj a. ¡Vaya, gracias á Dios! dijo. Y se sentó en un banco de piedra que arrimado a l a verja estaba. Pero apenas había tenido tiempo de secarse el sudor que le humedecía la frente, cuando allí, á un paso de donde él se hallaba, sonaron unos rugidos espantables y tremebundos que estremecían el aire y hacían trepidar el suelo. El león de la Casa de fieras, tomado de la fiebre, se revolcaba en el mísero recinto de su jaula y turbaba el majestuoso silencio nocturno lanzando aquellos bramidos formidables que en vano la desmañada pluma mía quisiera aquí representar. Era aquello cosa feroz y estupenda, grande como el furioso estallido de la tempestad y doliente como los quejidos de las almas en pena; voz tremenda, bronca y desentonada, capaz de infundir espanto en el corazón de Mió Cid, cuanto más en el de un X V incipiente matutero. El cual, cuando oyó aquéllo, pensó que las bocas negras del infierno se abrían allí mismo y vomitaban una legión de demonios que con sus baladres iban á desquiciar el universo como castigo á los defraudadores de las rentas municipales. Asi es que, impelido por la fuerza misma del miedo, todo trémulo y desencajado, comenzó á correr por aquellos sitios, cayendo aquí, levantándose allá, tropezando en esta zanja, estrellándose contra aquel roble y dejando por doquiera abandonadas las perdices que se le desprendían del cinto, al mismo tiempo que el sombrero se le volaba de la cabeza, y de las manos se le escurría el arbóreo bastón con que su tío habíale armado para pelear con los incorruptibles vigilantes nocturnos. Más de dos horas anduvo el infeliz errante por los jardines, oyendo sin cesar el bramido aquél del león, que se le había pegado á las orejas, hasta que, ya casi cuando amanecía, volvió á entrar en la casa de Eleuterio Villota, el de Vallecas, con el aspecto más destrozado que puede imaginar el lector. ¿Qué es eso, hombre? ¿Qué es lo que te ha pasado, mayormente, que vienes así tan descompuesto y amarillo? -Pues nada contestó Sandalio con torpe acento, así como si tragase las palabras y después las vomitase sobre los matuteros; pues nada no señor nada sino que cuando ya iba á entrar en Madrid, me echó el alto un pues un vigilante de consumos. B r P I I í ALVARO L (DIBUJOS DE A L B B R T I) NUNEZ