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¡La muerte! Cuando la TÍ pronta el golpe á descargar, mi vida, sin vacilar, por la tuya le ofrecí ¡y no la quiso tomar! ¡Euego inútil! ¡Lucha vana! Se abrió la cárcel humana; sorda al grito de mi amor, ¡te fuiste con el albor primero de la mañana! Luego, venciendo el dolor, asi tu mano piadosa, y en tu frente sin calor puse, al borde de la fosa, mi último beso de amor. ¡Tierra, que la has de envolver y oprimir con peso grave: que es mi madre esa mujer! ¡ve cayendo tan suave que no te sienta caer! que la dicha siempre es corta; que lo humano muere aquí Todo eso, madre, aprendí; pero el saberlo, ¡qué importa, si yo me quedo sin ti! A la presencia de Dios de mi padre fuiste en pos, y en mi oración os reúno ¡Antes lloraba por uno, ahora lloro por los dos! IMrr. ¡Qué vestida de crespones y qué muda está la lira que acompañó tus canciones y cómo el alma suspira por verte en otras regiones! Cesó en tu pecho el latido; sollozando te llamé ¡ya mí voz no hirió tu oído; porque oyéndome, yo sé que tú no te hubieras ido! ¡Albor primero del día: dudé, perdida la calma, si eras la luz que nacía ó estela que dejó el alma de la triste madre mía! (DIBUJOS DE A N D R A D E) Ya en mi casa está vacío tu acostumbrado lugar, y ya sin ti ¡qué sombrío, qué solitario, qué frío, qué silencioso mi hogar! Bien sé que la Providencia fijó inmutable el destino; que todo es sueño, apariencia; que la mísera existencia no es el fin, sino el camino; Pues aunque cierto no fuera que otra vida nos espera del lado allá de la muerte, por la esperanza de verte lo pensara y lo creyera. ¡Mi amor no se ha de extinguir! Esa esperanza no pierdo, y pronto te he de seguir ¡porque vivir de un recuerdo ya es empezar á morir! JOSÉ D E V E L I L L A