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Negros los ojos, de aquellos en que el alma se retrata, y muy negros los cabellos, con finas hebras de plata, que eran adornos en ellos; noble faz, viva y risueña; mano que el bien nos enseña y, vie ndola, no se sabe cómo en mano tan pequeña caridad tan grande cabe; Y de mi amor sin igual creció por eso la llama; que es la madre, en caso tal, niña otra vez que reclama el auxilio maternal. Por eso más tiernamente sellaba con beso ardiente tu rostro; ¡y es bien seguro que nunca un beso más puro fué á posarse en una frente! ¡Oh gloria desvanecida! ¡que el laurel último viste, dulce madre de mi vida, casi al tiempo en que sentiste la mortal y última herida! ¡A mi cuello te abrazaste con dolor y angustia inmensa, y en mis brazos te arrojaste; que en ellos quizá buscaste refugio, amparo y defensa! V. í- ft- Tú también me acariciabas siendo yo niño y doliente, y en los tuyos me amparabas. si; pero tú me salvabas, más dichosa ó más valiente. pie breve, que apenas pisa; el vestir limpio y modesto, santa virtud por divisa, el pensar grave y honesto, y blanda y fácil la risa ¡Asi eras tú, madre amada; así tu imagen renuevo por el cariño evocada, y así en mis ojos te llevo presente, fija, grabada! Tus miembros paralizó mal terrible y sin consuelo, mas tu inteligencia no, como el arroyo en que heló y que corre bajo el hielo. Cuando en las noches constante y afanoso trabajaba, sobre mi techo escuchaba el gemido rechinante de tu sillón, que rodaba. Si el hálito que revela el sueño llegaba á mi, solía exclamar así: ¡Madre, duerme; tu hijo vela y trabaja para ti! Sin tregua, paz, ni reposo, luché con noble interés, y tú feliz, yo orgulloso, ponía el laurel glorioso por alfombra de tus pies. y yo, madre, al combatir con tus dolores impíos, no te salvé de morir ¡Débiles brazos los míos, que te dejaron partir! ¡Cobarde, que el nudo estreclio de nuestros amantes brazos vi con asombro deshecho y rotos tan fuertes lazos teniendo sangre en mi pecho! Mas ¡ah! no fué cobardía, te pongo á Dios por testigo: no me culpes, madre mía, que vencer tal enemigo tan sólo Dios lo podía.