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á aquel cariñoso y honrado padre, de cuarenta años de edad a lo sumo, aspecto simpático, rostro descolorido y triste, TDarta negra salpicada de hilos de plata, y mirada nohle, semejante á la de un león en reposo. Alguna que otra vez le hacían objeto de sus conversaciones y se expresaban en estos ó parecidos términos: A mi se roe figura que debía casarse nuevamente Con seguridad que no le faltaría una mujer joven y de su gusto que se desviviera por él Las sempiternas habladoras hubieran querido tratarle con cierta confianza, cosa que no resulta difícil en esos pequeños falausterios habitados por gente de modesta posición social, en los que las puertas están abiertas generalmente. Pero Tony Eobec tenía un carácter reservado, y la cortés gravedad con que saludaba á sus vecinos en la escalera ó en la calle imponía á las curiosas bastante respeto. En las tardes de los días de fiesta, padre é hijo salían á pasear. Les habían visto más de una vez en los Museos y en el Jardín de Plantas. Les habían visto también, antes de la hora de la comida, en un café del barrio, donde Tony hacia su único gasto extraordinario de la semana, bebiéndose lentamente, á pequeños sorbos, un ajenjo, mientras que Adrián, apoyado sobre la mesa, fijaba toda su atención en los monos de los periódicos ilustrados. -Se equivocan ustedes, señoras, solía decir á las vecinas la portera, que era algo sentimental; ese viudo no volverá á casarse. Yo sé que va con frecuencia al cementerio Montparnase. Sin duda está allí enterrada su mujer. Le encontré allí el último domingo, y daba pena verle tan triste, llevando al pequeñuelo cogido de la mano. Debió de idolatrar á la difunta Es un caso raro; pero los hay así ¡Es un viudo inconsolable! Y era verdad casi todo lo que la portera decía. Tony había adorado á su mujer y no se consolaba de haberla perdido. Solamente que no estaba viudo. iOh, bien simple y poco dichosa la vida de aquel hombre! Obrero concienzudo, pero de mediana disposición para el oficio á que se había dedicado, sólo á fuerza de mucho tiempo y de mucha constancia pudo llegar á ser un buen cajista y á ganar un jornal decentito. Por esta razón no pensó seriamente en casarse hasta después de haber cumplido treinta años. Le hubiera convenido una mujer razonable, educada como él en las privaciones y en el trabajo. ¡Pero están tan reñidos el amor y el cálculo! Tony perdió la chaveta al ver á una florista de diecinueve primaveras, bastante juiciosa al parecer, pero de un carácter tan frivolo, que jamás había pasado su imaginación de la superficie do las cosas. Su mayor habi idad consistía en el exquisito arreglo de su persona, en dar á sus cuatro trapitos apariencias de lujo y elegancia. Tony tenía algunos ahorros guardados en un armario de luna, mueble que consideró indispensable para que su mujercita se mirara de pies á cabeza, y que le costó ochenta francos en el faubourg San Antonio. Casóse, pues, con Clementiua. Al principio todo fué muy bien. ¡Cómo se amaban! Vivían en el quinto piso de una casa del boulevard PortEoyal, y desde el balcón veían todo París. Por las tardes, cuando, él terminaba su trabajo y poniéndose el paleto encima de su traje de obrero salía de la imprenta erguido, satisfecho, con aire de gran señor, dirigíase á uno de los extremos del puente de Saints- Péres y aguardaba allí á que su mujercita saliera del obrador de costura, situado en la calle de Saint- Honoré. Cogidos del brazo, muy juntitos, encaminábanse al domicilio conyugal y comían alegremente. Los domingos eran los días más deliciosos. Se quedaban en casa ¡Qué bien sabía el almuerzo junto al balcón, abierto de par en par, contemplando á ratos la calle y á ratos el hermoso azul del cielo! Mientras él saboreaba el café y fumaba un cigarrillo, Clementina se entretenía en regar los tiestos, operación en la que más de una vez era sorprendida por su marido que, acercándose cautelosamente, le daba unbeso en la nuca. Ella decía riéndose: ¡Estáte quieto, simplón! Después, el nacimiento de un niño Pusiéronle por nombre Félix y le confiaron á una nodriza que habitaba en las inmediaciones de París, creyendo que los aires puros del campo robustecerían su endeble constitución. ¡Creencia errónea! El pobrecito murió de convulsiones antes de un año. Pronto les consoló de esta desgracia la venida de otro vastago, de Adrián, que fué criado por su madre. Tuvo ésta que abandonar el taller y buscar trabajo para casa; ganaba la mitad, estaba disgustada de su suerte y empezó á descuidar el arreglo de su persona. A pesar de los esfuerzos de Tony, que procuraba por cuantos medios se hallaban á su alcance aumentar el presupuesto de ingresos, el matrimonio contrajo algunas deudas, porque hacia tiempo que se habían agotado los pequeños ahorros. Luego, cuando el niño tuvo la conveniente edad, fué llevado á la escuela- asilo, donde permanecía desde la mañana hasta la tarde; la madre, volviendo á adquirir el hábito de la ociosidad en que transcurrió su adolescencia, y recordando sus frivolidades y coqueterías de aquel tiempo, acostumbróse poco á poco al callejeo, á esa ocupación tan peligrosa para las mujeres jóvenes y bonitas. Y sucedió que el pobre hombre, prematuramente envejecido por la constante cavilación y el trabajo constante y penoso, al entrar una noche en su casa acompañado de su hijito, á quien recogía después de salir de la imprenta, encontró sobre la chimenea una carta, de la que cayó al sacarla del sobre el anillo que él había regalado á Clementina el día de sus desposorios; carta lacónica en la que la mujer ingrata, la mujer infame, les decía adiós á él y á su hijo y les pedia que la perdonaran Clementina huyó en los primeros días de Mayo. A últimos de Julio, Tony vendió lo mejorcito del mobiliario para pagar las deudas y se trasladó á la calle de Delambre. Pensó en que cambiando de domicilio le sería más fácil amortiguar su dolor. Y he aquí por qué al verle vivir en tan grande aislamiento consagrado á su trabajo y á su hijo, todos los vecinos de la nueva casa le creyeron viudo.