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EL PERDÓN En aijuella casa, una gran colmena de otreros de la calle Delambre, donde Tony Eotec ocupalja nn humilde cuarto hacia ya seis meses, todos le creían viudo. Vivía con su ¿ijo, un hermoso niño de seis años, limpio y arregladito como si estuviera siempre bajo la cuidadosa inspección de su madre. Suponíase o ue desde que murió ésta había transcurrido el tiempo reglamentario de luto, pues ninguno de los dos iba vestido de negro. Todos los días por la mañana, el buen Tony, que trabajaba como tipógrafo en una imprenta del barrio Latino, salía de oasa llevando en brazos, adormilado, al pequeño Adrián, y lo dejaba en una escuela próxima. Por la tarde, tan pronto como terminaba su tarea, iba en busca del rapaz y, conduciéndole de la mano, entraba en la carneeeria y en la tienda de comestibles, adquiriendo lo necesario para el sustento. Hechas las provisiones, encerrábanse los dos en el cuartito de la gran colmena y no salían de él hasta el siguiente día. Las comadres de la vecindad compadecían profundamente