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La continua unión entre miembros de la mibma familia la ha aislado y reconcentrado en sí propia; el número ha engendrado al exclusivismo. Nada pinta mejor el orgullo imperial austríaco como una frase de José 11. Concibió éste la idea de abrir sus magníficos parques de Augarten y Prater al pmblico, á la humanidad como decía el letrero puesto á la entrada. Un cortesano hubo de encomiar aquella estupenda bondad del soberano, que así descendía de la sociedad de sus iguales. BahI respondió José II. Si yo hubiera de contentarme con la sociedad de mis iguales, tendría que irme á vivir á la cripta de los Capuchinos. Sabido es que en este convento se encuentran las sepulturas de los emperadores de Austria. El actual Francisco José da una fiesta anual á la nobleza y otra al Cuerpo diplomático. Fuera (le esto, no frecuenta más sociedad que la de su familia, muy numerosa. Su pasión es la caza; después, los ejercicios militares. Su sobriedad es proverbial; el frugalís- imo almuerzo lo toma sobre el pupitre de su despacho. Discute sin pasión y diariamente con sus ministros; lee algunos periódicos, y se entera de lo que dicen los demás por una revista de la prensa formada de recortes diarios, que le ponen al tanto de los deseos y marcha de la opinión. Es muy caritativo, pero tan discreto en la limosna como en el gobierno. Según el precej to evangélico, su mano izquierda ignora lo que hace la derecha. Nacido quizá por la sangre y el orgullo de raza para ser un monarca absoluto, militar y guerrero, acepta su papel de monarca constitucional y lo cumple religiosamente con verdadera abnegación. No tiene más opinión que la dominante en su imperio; de ahí las aparentes contradicciones de su política. Ésta queda pintada de mano maestra en su frase dirigida á un político austríaco llamado á formar el Gabinete: -Me complazco en que todos aquellos que fueron condenados á muerte por traición contra mí no hayan sido ejecutados, porque después he podido tener la satisfacción de hacerles mis primeros ministros. SERVIA Y HOLANDA Hay dos soberanos en Europa que no tienen todavía veinte aftos y que son considerados en sus países respectivos como la base de toda prosperidad. El uno es el joven rey de Servia, y el otro la reina Guillermina de Holanda. La reina futura de Holanda tiene en su madre una Regente hábil, respetada y apoyada por la amistad del emperador de Alemania. El hijo de la bella reina Natalia hizo, siendo todavía niño, una hombrada. ¡Se declaró independiente, y se declaró rey! Nadie más feliz que los Estados pequeños. Servia vive de la tolerancia rusa, y Holanda de la benevolencia alemana. La reinita de Holanda juega á las muñecas, y el reyecito de Servia juega á los soldados. Los dos tienen cada uno un ejército modesto, pero seguro. Si en Holanda no hay temores de guerra ni de disturbios, en Servia se pasan la vida esperando pronunciamientos. Pero los dos reyes niños viven de su propia flaqueza, y los gobiernos que les representan les dejan crecer y les defienden el desarrollo. Si no rigieran pueblos tan disiintos y tan lejanos, la gran cosa sería casarlos. Pero perderían el encanto que los distingue, y no teniendo con quién pelear se pelearían ellos.