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DINAMARCA Gnaniio yo fui á Copenhaaiie, tres años há, la primera curiosidad de la, villa que todo el mundo tenía prisa en darme á conocer fué el rey. Aquel soberano es un verdadero padre de su pueblo; y su pueblo le adora con tal veneración, qi: e sólo viéndolo se pudiera creer. Pueblo y nación son como una familia; dijérase que viven el u. no para el otro. El rey Cristian no usa ya ni escolta ni servidumbre para salir á la calle. Sale solo como el belga, y por donde quiera que pase se le saluda como á un amigo de toda la vida. Es el patriarca afable, el anciano risueño, el octogenario niño. Casi todos los soberanos de Europa son parientes puyos, porque ha casado á sus hijas con reyes y emperadores; es padre de reyes y abuelo de prín- EL EEX Cliiyi IAA cipes herederos, ysu mayor placerconsiste en reunir en Copenhague á todos los parientes que puede. Con ellos y con sus hijos forma partidas de campo, y juega como los chiquillos, y se pasa la vida en familia; y esto sucede delante de todo el mundo, y todo el mundo está encantado, porque allí no hay más que dos pasiones racionales: el amor del rey y el odio á los alemanes. Por eso el rey, como todos sus subditos, adoran todo lo que es francés y á todo el que viene de París, y todo se hace á la francesa. Y el venerable Cristian puede decir que basta con que él indique algo, para que este algo se convierta en ley. Si hay una ciudad esencialmente monárquica, esta ciudad es Copenhague. Allí no hay republicanos, ni socialistas, ni anarquistas, ni siquiera realistas; no hay masque subditos del rey Cristian, que no es una institución: es el jefe de una familia cariñosa. No hay un extranjero que á los ocho días de estar allí no reconozca que la influencia monárquica es una cosa personal, y que el rey Cristian, como se dice vulgarmente, se ha quedado con todos sus vasallos.