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Aquel Carnot tan correcto, tan afable en la intimidad y tan tieso en Ja vida pública, con aquel interior tan honrado y aquella señora tan simpática; Carnot, querido y respetado de todos, fiel cumplidor de la ley, hombre sin vicios antes que virtuoso como decía Tácito del personaje romano. Pero ya se dijo de él cuanto podía decirse, y más aún; porque para que la prensa eche el resto en eso de alabar y celebrar y requebrar á aiguien c ordOj es menester que el alguien gordo se muera. Quedará, pues, de Carnot un recuerdo respetadísimo, y ese retrato que hasta en las cajas de fósforos españolas nos le presenta serio y severo, con su cabeza castellana, moreno como nosotros, formalote como nosotros, y como nosotros víctima de la pasión política. De él se puede decir que murió como mueren los héroes: con la conciencia tranquila y los ojos en Dios. Su sucesor es otra cosa. L Casimiro Perier es un presidente elegante, á pesar de que usa botas de chagrín con bigoteras. ¡Lo he visto! Pertenece á una familia aristocrática; tiene la costumbre del mundo y del mando; es valiente. Todas estas cualidades son las más á proposito para estar al frente del pueblo francés. El nuevo presidente podrá comer con los aristócratas y dar de comer á la nobleza. En palacio cambiará de manera de ser, y el tono que él se dará será muy del gusto de los que no son republicanos y acaso lo sean un día con él. La estatura del jefe actual del Estado francés ni es alta ni baja; la cabeza es militar, la mirada penetrante y escrutadora. Habla como los actores del Teatro Francés, cortado, perfecto, con una pronunciación exquisita; es vivo de genio, un poco demasiado iniciador. Es un hombre que reinará y gobernará. Los anarquistas le escriben que correrá la suerte de su antecesor, y sale en seguida á la calle solo y á pie. Recibe en grande al Cuerpo diplomático, y luego hace modestamente visitas á los embajadores como un particular. Quiere ser á la vez la representación y el horqbre popular. Hasta ahora lo va consiguiendo. Después de aquel G- révy tan del pueblo, tan sin gusto, tan hourgeois en el Elíseo, vino Carnot, recto y derecho, gustoso cuando hacía falta, amo de su casa. Ahora entramos en un período de vida oficial un poco á la antigua, con un palacio que parecerá á la vez la democracia y la realeza, el pueblo y el imperio. Casimiro Perier parece el principio del fin de un sistema. Después de estos presidentes de esa República que se ha impuesto al mundo, y que sólo una guerra desgraciada (que no es probable) pudiera derribar; después de ellos, no hay otros en Europa más que el de Suiza y el del Valle de Andorra. ¿Quién es el presidente de la Confederación Helvética? ¡Vaya, que las tres cuartas partes de nuestros lectores no saben sn nombre I Y así sucede hace años y años. La Suiza es la Suiza; allí el jefe del Estado es lo de menos. El actual, M. Zemp, vive en un tercer piso y tiene trece mil francos de sueldo anuales. Hace dos años le conocí en un billar que hay en la plaza de Berna, haciendo su partida habitual con un amigo; vestía una americana, un pantalón de franela y un hongo. Y este hombre es el jefe de un Estado poderoso en el que todo el mundo es soldado y no se ve nunca un soldado por la calle. Cuando llegan las grandes ocasiones, el presidente suizo recibe al Cuerpo diplomático como un rey, y luego vuelve á su vida modesta. En cuanto acabe su misión, ó le reelegirán ó nombrarán otro con un nombre vulgar cualquiera. ¡De éste al emperador de Alemania, hay diferencial