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lia e a m e están j u g á n d o s e l a vida á orillas de la costa, contristado su ánimo por los lamentos de l a mujer, q ue reza y clama con gritos más horribles que el chocLue violento de la ola y l l a n t o más amargo que las propias salpicaduras del m a r embravecido! III El t r a n s p o r t e del besugo era, antes de generalizarse los ferrocarriles, t a r e a más propia de hipógrifo violento que corriera parejas con el viento, que de la cachazuda recua del arriero, con su lento paso y sus c o n t i n u a s p a r a d a s en los mesones. H a y u n refrán que dice besugo m a t a mulo y este refrán indica el paso acelerado que á fuerza de v a r a tenia que t o m a r l a recua para que el pescado llegase fresco y sano á Madrid. Como los reales correos llegaban á la corte reventando caballos, el besugo llegaba 4 Madrid reventando mulos. El ferrocarril h a resuelto, p o r fortuna, aquel grave problema, apenas solucionado por la fuerza conservadora del hielo; hoy los besugos llegan en cestos especiales, envueltos en nieve, no t a n sueltos como las langostas n i t a n apretados como las sardinas. La plaza de los Mostenses es el centro principal de c o n t r a t a c i ó n p a r a el besugo, como para toda clase de pescado que llega á Madrid. Eeciente está, y seguramente n o ha desaparecido de la memoria del lector, u n a cuestión surgida este otoño e n t r e los asentistas del artículo y los vendedores al por menor; cuestión, por cierto, en que el consumidor salió beneficiado, como siempre que surge la competencia mercantil. El mercado de los Mostenses es u n m a r en seco. Diríase que u n a generación de sedientos t i t a n e s ha sorbido toda el a g u a de un océano, dejando entre algas y corales al pescado, que en vano colea y agoniza abriendo los respiraderos de sus b r a n quias. El mercado del Carmen es el segundo de á bordo en esta categoría marítima. Allí yace el besugo en todas las tablas y sobre todos los capachos, coleándose (ya q u e n o codeándose) con el lenguado ceniciento y amoratado, con los langostinos muertos con su a r m a d u r a como los gladiadores, con l a sardina de plateados reflejos, con el complicado percebe, q u e más parece p l a n t a q u e animal. Y a se va perdiendo el tipo del m a r a g a t o el clásico expendedor del pescado en Madrid. P a r e c í a venir de e x t r a ñ o s países, con su ancho sombrero de pendientes cintas, su chaqueta de terciopelo, sus calzones anchos á l a oriental y sus polainas de paño cubriendo l a p a n t o r r i l l a y casi todo el pie. Sea u n o ú otro el vendedor, allá yace el besugo esperando á que el t r a n s e ú n t e diga: Buenos ojos tienes. P o r q u e es lo b u e n o que tiene el besugo: ser el menos hipócrita de los manjares. No h a y que olerlo, n i palparlo, n i calarlo, ni someterle á o t r a clase de pruebas p a r a enterarse de su buen estado de conservación. Sus ojos elocuentes dicen al comprador todo lo que éste desea saber. De ahí l a frase: Te veo, besugo, que tienes el ojo claro. -4 J Si n o conviene, allí queda el besugo esperando comprador de m a n g a más ancha; si conviene, pasa de la t a b l a á la cesta, luego que el m a r a g a t o lo ha limpiado, rascándole los lomos con la cuchilla. Siempre que veo comprar besugos, recuerdo l a exclamación de u n pescadero aragonés. V endia besugos en el mercado de Zaragoza, y u n a señora empezó á examinar la mercancía con aire displicente. ¿Qué es eso, señora? ¿qué tié usté que icir de los besugos? -Nada, que tienen el ojo triste. ¡Eediez! ¿Y h a visto usté algún defunto que lo t e n g a alegre? De l a cesta de l a maritornes pasa el besugo á las baldosas de l a cocina, donde la besuguera de b a r r o ó de metal le aguarda puesta al fuego y chillando con el aceite hirviente. Es el primer manjar de la Navidad, por orden cronológico cuando menos. Con el besugo se cumple el precepto de la vigilia el día 24. L a Pascua siguiente es la que saca á relucir los pavos, los turrones, el c h a m p a g n e las conservas de América. Nadando en el aceite frito, rodeado de verdes perejiles y adornado el lomo c o n las rajitas de limón, el besugo, t r a s obscura vida y después de su rápido viaje de muerte, se p r e p a r a á volver á la nada, legando sus espinas al mundo i n g r a t o Y aqui se acaba el besugo, perdonad sus muchas raspas. LUIS ROYO VILLAÍTOVA (DiBBJOS DK M A R T Í N R Z A B A D E S)